Capítulo 2 – Algo extraño.
Odiaba cada segundo que pasaba dentro de mi casa, odiaba el hecho de tener que llegar y encontrarme con mi padre. Odiaba tener que enfrentarme con la cruda realidad de que mi madre no estuviera más entre nosotros. Odiaba tener que darme cuenta de lo que enrealidad sucedía, que a mi padre yo no le hacía ninguna gracia; todo lo contrario, parecía odiarme. Cuando llegué a mi casa me sorprendió ver a mi padre en casa. Estaba sentado en su sillón de cuero marrón junto al fogón, donde las llamas de fuego ardían intensamente y chispeaban fuertemente. -Hola- dijo con voz grave No se volteó para verme, siguió allí sentado sin dar importancia a mi presencia.
-Hola- le saludé- ¿Por qué estás en casa?-. Pregunté.
Se quedó callado un momento y luego añadió.
-Necesito que me contestes algo- se quedó esperando a que contestara, pero finalmente dijo-. ¿Tenés un compañero nuevo, no?
¿Cómo era que él lo sabía? ¿Acaso me espiaba a escondidas? ¿O se habia vuelto paranóico desde la muerte de mi madre? Decidí decirle la verdad, por las dudas.
-Sí, pero...
-¡Aléjate de él inmediatamente!- gritó.
-¿Qué? ¿Pero por qué? Eso es lo más absurdo que jamás has dicho- me quejé-. Es solo un muchacho, no tiene nada de malo.
-¡No es solo un muchacho, Katerina! Solo hazme ese favor, no te acerques a él nunca más.
Hice caso omiso a sus súplicas inutiles, corrí hacia las escaleras y tiré mi mochila del colegio contra la pared, dejando que todos mis libros calleran al suelo. Me tiré brutamente sobre la cama y me dejé acoger por ella, mientras que trataba de entender la razón por la cual mi padre, un hombre totalmente independiente de mi, de pronto se preocupaba tanto por su hija. Era extraño, o tal vez a mi padre comenzaba a carcomerlo los nervios de que me sucediese lo mismo que a mi madre. Por lo cual no confiase en alguien desconocido. Pero no, no podía ser. Era demasiado ilógico, ¿cómo era que él sabia que yo tenia un compañero nuevo? O ¿cómo sabía él si era buena o mala persona? Tenía demasiadas preguntas y todas y cada una de ellas más ilogicas que la otra. Y obviamente, todas sin respuestas.
Habia pasado una semana desde que me habia peleado con mi padre, por que no queria que yo me junase con el muchacho recien llegado al colegio. Yo había hecho caso omiso a su súplica y habia tratado de hablar por lo menos dos palabras por día con él. Pero era imposible cada vez que intentaba decirle “Hola” él uía de mi, como si fuese un mounstruo o algo similar. Aunque por una compañera, había logrado averiguar algo: él se habia mudado a Fawell hacia dos meses con su tío. Sus padres habían muerto en un accidente de automóvil, y sus hermanas vivian en América, las cuales nunca veía. Era una historia triste pero conmovedora. A eso no le veía nada extraño o de mala influencia que lo llevase a mi padre a desconfiar de él, o algo similar.
Sin hacer caso a lo que me había dicho mi padre, salí a correr por el bosque un rato en la tarde, no tenía tareas para el día siguiente y tampoco tenía nada bueno que hacer. Mi padre no estaba en mi casa por suerte, y estaba sola. Corrí dos kilómetros hacia adentro, hasta que llegó un momento en que no encontraba el camino de vuelta. Me había perdido en medio del bosque, me había concentrado tanto en la música de mi MP3 y en correr lejos de todo que no me había dado cuenta de cuán lejos había llegado. Conservé la calma y corrí colina abajo para ver si lograba encontrar aunque sea la ruta, para guiarme un poco al menos. Pero no encontré nada. Era decepcionante no saber hacia dónde me dirigía, y lo peor de todo era que había anochecido, y yo estaba sola en medio de un enorme bosque alejada de todo. Me senté sobre un tronco de árbol que había allí tratando de pensar qué hacer, no podía quedarme allí parada. Mi padre seguramente comenzaría un rescate enorme por todo el mundo, hasta encontrarme pero eso tardaría demasiado tiempo y no... De pronto oí el crujido de una rama que se rompía. Al voltearme hacia atrás logré ver algo negro que se movía rápidamente. No tenía idea de lo que era, pero me puse nerviosa, sabia que algo podría sucederme si no salía pronto de allí. Comencé a correr desesperadamente hacia cualquier dirección ya no importaba hacia dónde me dirigía, solamente quería salir de alli, salvar mi vida, y poder volver a ver la luz del sol por la mañana. Mis pensamientos eran algo exajerados, pero no erróneos. De pronto sentí que alguien me tomaba del brazo izquierdo y me tiraba contra el suelo. Cerré los ojos y grité
-¡No! ¡Soltame! ¡Auxilio!
Alguien se recostó encima mío y me tapó la boca con su mano. No me dejaba gritar, solo podía respirar exajeradamente tratando de safarme y salir corriendo. Imaginé que sería un psicópata o un violador maníaco pero no, cuando abrí los ojos nuevamente me di cuenta de que era él. Edmund era la persona que estaba recostada encima mío, tapando mi boca con su mano y haciendome señas de que me callara de una buena vez. Le hice caso y traté de calmarme un poco, confiaba en él como para saber que no me haría nada malo.
Se fue por allá, vayan a buscarla- gritaba una voz ronca.
-Corran, inútiles. El jefe nos mata si se entera- gruñía otra.
Ahora entedía porqué él me pedía que me callara y que no gritara. Esas personas me estaban buscando a mí, y por lo que entendía querían llevarme con su “jefe”, y eso no debía ser nada bueno o si no él no me estaría ayudando. Cuando se dio cuenta de que los hombres se habían marchado se levantó extendiendo su mano para ayudarme a levantarme a mi.
-¿¡Po... porr qué...?- comencé a tartamudear, y cuando me calmé, por fin, concluí-: ¿Qué haces aquí?
-Oh, lo siento si te he asustado- se disculpó.
Su voz era suave y cantora, como la un suave ave que chilla en una mañana primaveral, feliz de ver el sol.
-Mi nombre es Edmund, siento que nos conozcamos en estas circunstancias pero yo...
-Si, ya sé quién eres, vas conmigo al colegio- intervine.
Él asintió con una sonrisa en su rostro.
-Vamos, te llevaré de vuelta a tu casa- dijo mientras me cargaba en sus brazos.
-Has de tener una fuerza extravagante para poder cargarme tan facilmente- bromee.
Él me dedicó una media sonrisa vergonzosa y a continuación comenzó a correr colina abajo. En unos cuanto segundos estuvimos en la ruta nuevamente, me sentí aliviada en cuanto vi el pavimento, ya que reconocía perfectamente dónde nos encontrabamos; estabamos a unas tres calles de mi casa. Y como todo caballero, Edmund me acompañó hasta la puerta de mi casa. Yo, cordialmente, le invité a pasar al living solamente porque sabía que mi padre no estaba en casa.
-Entra- murmuré.
-Bonita casa- comentó cuando entró el living.
Nos sentamos sobre el sofá de cuero negro, enfrente del televisor plasma. Prendí el aparato electrónico y comencé a hacer zapping aunque, directamente, sin ver lo que estaban pasando por el cable.
-Hey, si querés mañana podríamos juntarnos a terminar el trabajo de Historia...- comencé-. Me han dicho que es extenso, y es en pareja. Bueno, o sino podríamos...
Hizo caso omiso a mis palabras, dirijió su mirada hacia mi codo derecho. Estaba sangrando. Suponía que al haberme caído al suelo me había raspado con una rama o algo.
-Disculpa. Ahora te traeré una toalla y desinfectante.
Mi casa, solitariamente, se veía muy rústica, adornada con faroles, llena de arañas todas viejas e iluminadas, sillones de los años cincuenta y una gran chimenea al fondo de la habitación con el fuego ardiendo a más no poder.
-Acá tenés- apareció de repente con una toalla en la mano y una botella de desinfectante.
-Gracias.
Vertí el líquido transparente sobre la toalla y lo pasé sobre el codo. Al principio ardía un poco, pero luego la sangre comenzó a coagularce, hasta que quedó el brazo limpio y sin nada. Dejé la toalla a un costado y me puse una bandita que me dio a continuación.
-Supongo que debes estar cansada, ve a dormir un rato a tu habitación- me sugirió amablemente. Yo dudé un momento acerca de su repentina amabilidad hacia mi.
-¿Te puedo pedir algo?- dije-. Si planeas matarme, no me hagas saberlo.
Él se hechó a reir delicadamente, y me miró fijamente durante un buen rato. Era imposible quitar la mirada de esos expectrales pero facinantes ojos dorados y azulados.
-Jamás te haría daño- me prometió.
Me recosté sobre el sofá, dejando reposar mi cabeza en su estómago. Quería ponerme a pensar en todo lo que me había sucedido y en la suerte que había tenido, pero al cabo de unos minutos me quedé profundamente dormida.
Me desperté a la mañana siguiente en mi habitación, suponía que mi padre me había llevado hasta allí forzosamente cuando me vio en el sofá. Aunque no me imaginaba lo que había ocurrido con Edmund. ¿Qué era lo que él había hecho o dicho en cuanto mi padre llegó a la casa por la noche? Yo me había pasado todo el día durmiendo, y me avergoncé por un momento de eso, pero luego volví a pensar en Edmund, y en qué había sucedido con él. Me dirigí al baño rápidamente a lavarme los dientes y luego darme una buena ducha de agua caliente. El día pasado había estado corriendo entre los arboles y no me había duchado. No me preocupé mucho por mi estética cuando me vestí con unos jeans, una camisa a cuadros de color azul y unos borcegos negros. Me cepillé el pelo para poder deshacer los nudos y bajé a desayunar. -Hola- saludé cuando estuve en la cocina. Robert, mi padre, estaba sentado en la mesa de la cocina leyendo un viejo periódico suyo. -Oh, buenos días- dijo cuando me vio pasar frente a él-. Te he preparado unas tostadas con un té caliente. Espero que te guste.
-Si, muchas gracias papá.
Me comí las dos tostadas con manteca en unos minutos, que parecieron interminables. Esa mañana mi padre no me hablaba del colegio, o de mis materias. No me hablaba sobre nada. Lo conocía bastante como para saber que algo o alguien le había molestado; o para saber que quería hablarme sobre algún tema en particular.
-De acuerdo- comencé-, escupilo. ¿Qué es lo que querés preguntarme o decirme?
Él suspiró repentinamente.
-Sé que ayer estuviste con tu nuevo compañero acá.
Mi rostro se volvió de todos los colores en cuanto lo dijo, hasta llegar al color rojo. Me sorprendió que no empezara a decirme una sarta de malas palabras en su contra.
-Si... pero yo... y él... no hemos...- no me salían las palabras completamente.
-Lo heché- masculló.
-¡¿Pero cómo que lo has hechado?!- chillé.
-Porque sí- refunfuñó-. Porque no lo quiero en mi propia casa.
-¿Acaso te has...?
No le dije nada más, no quería provocar su ira intensa. Sabía como se ponía mi padre con los muchachos, no le preocupaban demaciado ni tampoco le interesaba si estaba con uno o no. Solamente era muy controlador, y con los muchachos que no le agradaban se ponía como una fiera. Era algo insoportable, porque era como que tenía que estar solamente con las personas que el aprobaba, sino no podía ser. Por suerte, le agradaba mucho Ian decía que era la clase de chico con quien yo debería estar. Una persona normal, y humana. No la clase de chicos que solo quieren sexo, o la clase de chicos que se la pasan con su madre o haciendo algún tipo de deporte extremo. Decía que Ian era el hombre ideal, un hombre humano. No entedía por qué remarcaba tanto la parte de que fuese humano, todos lo eramos. Incluso Edmund era un humano. Pero mi padre no lo creía así, por desgracia.
Tomé la mochila del colegio que estaba en mi habitación y salí afuera sin saludarlo antes de irme. Fue algo que seguramente lo molestaría, pero no importaba yo estaba enfada por lo que había hecho. No merecía mi perdón.
Cuando salí afuera me di cuenta de que estaba lloviznando. No era de verse un día soleado nunca en Fowell, siempre tan húmedo y encapotado. Mi padre decía que por eso la gente era tan depresiva. Pero para mí, la lluvia y el frío no eran ningun problema en absoluto. Todo lo contrario, me facinaba.
-Buen día señorita- escuché la voz cantora de un muchacho cuando llegué al colegio toda empapada.
Me voltee y vi que era Edmund.
-Oh, hola- le saludé amablemente con una sonrisa pícara.
-¿Cómo estás?- me preguntó-. ¿Mejor?
Yo balancé mi cabeza de un lado al otro.
-Si, he mejorado un poco- admití.
Entramos a clase de Matemática tan pronto como sonó la campana. El día transcurrió muy aburrido y tedioso. Por desgracia, Ian, mi mejor amigo, había faltado al colegio porque estaba enfermo por lo que estuve comentandole todo mi fin de semana a Sam, mi mejor amiga.
Capítulo 3 – Cementerio
Cuando me desperté me sentí extraña. Era como si necesitara algo, o como si algo no estuviese en bien en mi; como si algo me faltase. No sabía exactamente qué era aquello que me faltaba, pero podía hacerme una idea. Me pareció un pensamiento algo precipitado e inconciente, pero era cierto yo lo sentía así. Me sentía así. Necesitaba verlo, eso era lo que me pasaba. Había estado los últimos tres días junto a él, que despertarme y saber que ese día no lo vería en el colegio o caminando por la calle. Había estado hablando con Edmund, muy poco, en los últimos días. Me había dicho que durante esa semana no iría al colegio, y que tampoco lo vería por el pueblo. Tenía que ir de excursión con su mejor amigo, por una tonta apuesta que había perdido. Además, a ellos les encantaba acampar en las monañas. Y también había logrado saber es que estaba mal; él mismo me lo había dicho. Estaba adolorido por un trágico hecho del pasado, al parecer la mujer con la que había estado a punto de casarse había muerto en un accidente automovilístico. Lo comprendía perfectamente, comprendía exactamente cómo se debía sentir. Mi madre había muerto así, en un accidente de auto. Una noche, vino el sherif del pueblo a avisarnos que mi madre había tenido un accidente en la ruta. Fue muy trágico enterarnos de ese modo, pero ya pasó mucho tiempo y con mi padre hemos sabido superarlo.
Mi día en el colegio fue asqueroso, y deprimente. No tenía ganas de hacer nada, estuve todo el día muda y no le dirijí ni una palabra a nadie. Incluso cuando la profesora de Inglés me pidió que leyera un ejercicio no lo hice, me castigó pero eso no importaba yo estaba esperando a que llegara el fin de semana para que Edmund regresara de su viaje a las montañas y poder salir a dar un paseo juntos.
Era algo extraño, de pronto, muy de pronto, comenzaba a obsesionarme con Edmund. Era algo inquietante y muy preocupante. ¿Cómo era posible que me obsesionara tanto un muchacho así? ¿Acaso me estaba enamorando de él? Imposible. ¿O sí...? Si hay algo que no soporto saber es qué me sucede. Si algo me pasa, debo saber qué es. Y si estoy enamorada o no de él, debo saberlo. Tengo que aclarar bien mis sentimientos por él, no puedo dejar que las cosas sigan como si nada. Si yo no puedo estar un día sin verlo, si no puedo siquiera decirle hola a una amiga, o si ni siquiera soy capaz de ser yo misma cuando no lo veo solamente significan una cosa. Estaba irrevocablemente enamorada de él, y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo.
La lluvia caía sobre mi ventana estruendosamente. Me desperté sudando la gota gorda a causa de aquel aterrador sueño que había tenido. Fue tan espantoso que luego me fue imposible volver a conciliar el sueño nuevamente. Había soñado que estaba en un bosque, totalmente sola, no había nadie allí que estuviera a mi lado, hasta que de pronto vi una figura humana que se asomaba entre los árboles. Era Edmund, pero alguien le seguía detrás de él; era otro muchacho, pero de rostro totalmente marcado con cicatrices. Aquel muchacho tenía agarrado a Edmund por el brazo, desesperada comencé a correr para salvarlo pero fue algo inútil. El muchacho que tenia agarrado a Edmund, le tomó el cuello y se lo partió. Jamás olvidaría el rostro que tenía aquel muchacho, su rostro enfermizo y mailicioso.
-Buenos días- me saludó mi padre cuando pasó frente a mi puerta-. Abajo hay unos cereales o galletas de chocolate si quieres desayunar.
Me levanté forzosamente de la cama, me puse las pantuflas y me dirijí al baño a lavarme la cara y los dientes. Luego de acearme completamente, bajé las escaleras a comer galletas de chocolate con té. Afuera había dejado de llover, pero hacía mucho frío.
No sabía exactamente qué podía hacer en toda la mañana, Edmund me había dicho que llegaría al mediodía si es que tenían suerte en la ruta y no había mucho tráfico. Hasta entonces, no tenía nada planeado para hacer, salvo llamar a mi mejor amiga o tal vez a Ian. No sabía.
-¿Hola?- dijo la madre de Sam cuando levantó el teléfono.
-Hola, señora Benett, soy Katerina ¿está Sam?- pregunté.
-Oh, si. Enseguida te paso.
Me quedé esperando inpacientemente unos segundos mientras que escuchaba los pasos que daba la mamá de Sam subiendo las escaleras.
-¿Katerina?- murmuró Sam.
-¡Oh, Sam que bueno que estás en casa!- chillé alegremente-. ¿Quieres que salgamos a pasear un rato vos y yo?
-Si, claro- contestó ella enseguida.
-Bien, pasaré por ti en una hora, nos vemos.
-Adios, Kate- concluyó.
Rápidamente me dirigí a mi habitación para cambiarme el pijama por una ropa adecuda. Afuera hacía frío y era muy probable que luego comenzara a lloviznar, asi que decidí ponerme unos jeans negros muy viejos y una polera blanca junto con mis borcegos negros favoritos. Eran muy abrigados, y eran perfectos para la ocasión. Tomé del ropero mi campera de color cuero, agarré mis llaves y salí por la puerta. Estaba por abrir la reja de mi casa cuando mi padre se asomó desde la ventana de su habitación y me gritó:
-¿A dónde vas?
-A la casa Sam, iremos a dar un paseo al parque- le respondí.
-Bien, pero vuelve temprano.
-Si es que vuelvo...- susurré para mi.
Claro que no esperaba volver muy temprano, era el plan perfecto. Salía a dar un paseo con Sam toda la mañana, y luego, al mediodía me encontraba con Edmund. Deseaba tanto poder estar con él, aunque solamente hablaramos sobre lo que nos gustaba y disgustaba en nuestras vidas; o sobre qué materias eran las más ridículas e innecesarias en el colegio. Conversaciones tontas, pero las cuales me encantaban.
Toc, toc toc, sonó la puerta de la entrada principal de la casa de los Smith. Esperaba que fuese Sam quien respondiese la puerta, pero no fue así. Peter, el precioso y tierno hermano mayor de Sam, fue quien abrió la puerta con una sonrisa en su rostro.
-¡Katerina!- chilló y se lanzó a mis brazos.
-Peter, ¿cuánto has crecio?- comenté yo-. Oh, uf, creo que deberías dejar de crecer... mira esos músculos ¿acaso has estado bebiendo algo ilegal?
Él se encogió de hombros.
-No, pero vos... estás cada día más guapa.- dijo entre risas.
Yo me sonrojé extremadamente.
-Que chistoso.
-Adelante, Sam está en su habitación.
Era una persona muy curiosa Peter. Cuando Sam y yo eramos pequeñas siempre nos acompañaba al parque y jugaba con nosotras en las amacas, o sino siempre nos cuidaba y se quedaba con nosotros en aquella vieja casa. Sus padres estaban divorciados y vivían su padre. Un hombre extremadamente gentil, igual que sus hijos. Estaba subiendo las escaleras cuando vi la silueta de Sam sentada de espaladas a la puerta mirando su computadora portátil. Me acerqué sin hacer ruidos con la intención de austarla, pero justo cuando estaba por lanzárme sobre ella una de las maderas rechinó odiosamente. Sam se volteó y empezó a reírse escandalosamente cuando me vio en aquella posición.
-Gracias, oh, queridas maderas- murmuró ella.
-No me hace gracia- dije con cara de frustración.
Se levantó de su silla y me abrazó fuertemente.
-Oh, Katerina, que bueno que has venido- dijo ella con una gran sonrisa-. Ya empezaba a aburirme acá sola.
-¿Vamos al parque o...?
-Si, vamos, pero debo volver al mediodía porque hoy me toca a mí hacer el almuerzo.
-Claro, no hay problema.
Era mejor, total yo tenía otros planes para el mediodía o eso esperaba. Luego de estar toda la mañana con Sam y hablar sobre nuestras cosas iría hasta la casa donde Edmund se ospedaba.
Salimos por la puerta principal luego de que Sam le explicara a su padre a dónde se dirigía y comenzamos a caminar hacia el parque.
-¿Qué te parece si vamos un rato al cementerio?- inquirió Sam.
-¿Al cementerio?- chillé yo.
-Si, mi hermano siempre va allí con sus amigos... Apuesto a que podemos encontrar a alguien guapo allá- dijo guñándome un ojo.
-Bueno, como quieras- acepté.
Lo cierto era que no importaba el lugar a donde nos dirigiéramos. Solamente quería pasar una buena mañana con mi mejor amiga. Además, quería contarle sobre Edmund y en cierto modo, el cementerio era un lugar mucho mejor que el parque. En el parque siempre se juntaba a molestar a otros, mis compañeros del colegio; aquellas personas con las cuales jamás me gustaría encontrarme en un fin de semana. Los veía a diario, no quiería tener que volver a hacerlo un día de fin de semana. Eran fastidiosos y siempre nos molestaban a nosotros tres por ser tan aislados. ¿Acaso eso les importaba a ellos? No, era simplemente porque amaban molestar a otros. Simple fanfarronería.
Caminamos unos cuantos metros en silencio hasta que llegamos a la puerta del cementerio. No era algo muy elaborado, simplemente una reja blanca del tamaño de un gigante con todas las ramas de los arboles encima. El señor que cuidaba nos quedó mirando con cara mala cuando entramos, pero luego volvió a sumirse en el diario que estaba leyendo.
-Ven- dijo Sam-. Vamos a ver las tumbas... pero las más viejas.
Aquellas tumbas que Sam decía eran todas las personas que habían habitado en Fawell hacía siglos atrás, y que las habían sepultado allí. Eran nombres complicados y demaciados extensos, tallados en las lápidas, como para poder recordarlos luego. No me asustaba estar allí, es más hacía no mucho tiempo había tenido que ir a un cementerio. Pero no era el mismo, yo había ido al cementerio de Londres donde habían sepultado a mi madre. Ella había nacido allí, por lo tanto mi padre quiso enterrarla en un lugar que él sabía que a ella le hubiese gustado estar. En el funeral no habían habido mucha gente, mis abuelos maternos habían muerto cuando mi madre era pequeña y sobre mi otra familia materna jamás había sabido nada sobre ellos. Fueron unos diez u once amigos de ella, mi padre, Sam, Ian y yo. Mis amigos quisieron acompañarme sabiendo el dolor que yo sentía, y era cierto, estaba muy adolorida. Pero ya no, mi madre había muerto hacía un año y medio y había logrado recuperar las fuerzas necesarias como para ya no derramar una lágrima más por ella, o por todo aquel dolor que sentía.
-Oh, lo siento- comentó Sam cuando vio mi rostro de rechazo-. Si querés podemos irnos.
-No, estoy bien- le prometí.
Nos sentamos sobre un pedaso de cesped descubierto que encontramos. Estaba alejado de la reja de entrada, por lo tanto el viejo de la entrada no nos podía ver desde donde se encontraba.
Comencé a contarle a Sam, mi extraña obsesión con Edmund. Todo lo que había sentido sobre él desde el primer momento en que lo ví, o cómo me sentía a cada rato que no estaba con él. También le conté lo que había sucedido aquella vez en el bosque, cómo heroicamente me había salvado de aquellos hombres que me querían llevar a Dios sabe dónde. Y también le conté sobre las imágenes que veía, todas esas cosas que podía ver antes de que sucedieran, todo lo que yo me imaginaba que iba a suceder y luego sucedía. El temor que sentía cada vez que las veía pensando en que no fuese nada malo.
-Eres extraña- bromeó ella.
-Por supuesto que no- me quejé-. Soy diferente... y bueno, tal vez algo rarita también.
Esbozó una risita histérica.
-¿Y desde cuando te suceden estas... imágenes que ves?- quiso saber.
Traté de recordar desde cuándo era que había comenzado a ver esas cosas. Pero sabía exactamente la fecha, ya que de pequeña también me pasaba pero nunca me había pasado tan intensamente. De pequeña yo veía en mi cabeza unas imagenes extrañas, me veía a mi amacándome junto a Sam y a los pocos minutos eso sucedía pero jamás me había puesto a pensar que fuese algo extremadamente complicado o malo. Y ahora, desde que... desde que había muerto mi madre había comenzado a ver esas imágenes mucho más seguido en mi mente.
-Desde la muerte de mi madre- contesté segura.
-Oh- exclamó ella.
-Pero no creo que tenga nada que que ver- dije yo-. ¿O si?
Sam se encogió de hombros.
-Nunca se sabe.
Entonces me di cuenta que a nuestro al rededor había comenzado a juntarse una niebla oscura. Estaba todo el cementerio lleno de niebla gris, o casi blanca no sabía exactamente de qué color era, es más parecía no tener color. Pero el cielo gris parecía influenciar en el color. Comencé a asutarme un poco cada vez más, conforme la niebla se hacía más profunda y se acercaba cada vez más. Una corriente de aire fresco cruzó por mi espalada y supe que algo andaba mal.
-¿Qué ocurre?- susurró Sam-. Esto no está bien, ¿acaso es el clima?
-No, es algo más.
El corazón comenzó a latirme cada vez más, no sabía qué era lo que me sucedería hasta que de pronto, en el momento más inoportuno comencé a ver imágenes en mi cabeza. Dios, ahora no, pensé. Era una figura humana, una figura oscura e inquietante, ¿quién era? No lo sabía, pero sí podía ver sus ojos color escarlata. Eran fugitivos y muy malvados, me miraban como si fuera algo comestible o como si fuera aquella figura humana fuese una fiera y yo su presa. Pero justo cuando comenzaba a correr la figura me mostró sus afilados y blanquecinos dientes. Rugió de tal forma que me asusté y allí fue donde termiaban mis imágenes no podía ver más. Era como quedarme ciega y entonces volví en mi. Miré la cara de asutada que tenía Sam y comencé a pensar en qué deberíamos hacer. Aquella figura humana estaba allí y en cualquier momento saldría y pasaría todo aquello que había visto, sin mencionar que no había visto lo último. ¿Qué era lo que sucedía luego de que me mostrara sus afilados dientes? No quería saberlo. Vamos, Katerina piensa en algo, me dije a mi misma. Lo único que se me pudo ocurrir fue decirle a Sam:
-¡Corre, ahora mismo! ¡Corre!
Pero no había terminado de decir mi última palabra que mi mejor amiga había comenzado a correr desperadamente. Decidí seguirle, no importaba quién estuviese allí con nostras, no importaba si quería o no hacernos daño solamente podía pensar en mi seguridad y en la de mi mejor amiga. Comencé a correr frenéticamente, estaba tan agitada que cuando estaba por cruzar un pequeño puente que atravesaba el cementerio me tropecé con algo que había en suelo, seguramente una piedra pero entonces algo me aferró el tobillo. Empecé a dar fuerte alaridos y patalear inutilmente, era imposible algo extremadamente fuerte y capaz me tenía aferrada y no tenía forma de escapar. Entonces vi la figura humana que habia visto en mi mente. Era una mujer, una mujer de enormes ojos color escarlata, frente ancha y unos labios pálidos. Su rostro era pálido, al igual que todo su cuerpo, o al menos sus brazos que estaban al descubierto. Era muy alta, y llevaba una vestimente pobre y muy antigua. Era de muchos siglos anteriores, o eso imaginé yo. Pero de pronto sucedió lo que había estado temiendo, sus labios se retrajeron enseñándome sus afilados y perfectos colmillos. Me rugió de ferozmente y creí que me degarraría el cuerpo o tal vez la garganta pero no, algo le hizo retroceder. Me soltó el tobillo y desapareció entre la neblina. Me quedé allí tirada en el suelo, sin poder mover un solo músculo estaba tan petrificada por el miedo que no sabía qué hacer. Pero entonces me puse de pie, sin dejar de mirar por donde se había ido la mujer comencé a correr en dirección del puente y me choqué contra alguien.
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Muchas Gracias a todas!
aaaaa quien la salvo a Kate?? jejeje quiero saberr... me muero por leer el proximo cap... besotes!
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