Capítulo 1 – Introducción.
No sabía exactamente qué era lo que iba a sucederme, pero lo intuía. Era algo extraño, y feo, sentir que ya sabía lo que me pasaría al siguiente segundo. Era como poder ver mi futuro por dos segundos; unos segundos muy presiados. Me sucedía lo mismo, y siempre repetidas veces, desde que era niña; o al menos desde que tengo conciencia. Estaba sentada sobre la cama de mis padres, esperando la hora para ir al colegio. Aunque anteriormente había estado mirando la televisión; pero ahora aquellas imágenes en mi cabeza me había desbordado totalmente. Estaba concentrada en ellas, en nada más. Había visto todo, había visto cómo mi profesora de matemática humillaba a un compañero en frente de toda la clase por no haber hecho la tarea, y por haber hecho el examen muy mal. Era algo atemorizante ver la cara de desquiciada de mi profesora; era realmente mala. No era la clase de profesora comprensiva que se daba cuenta de que, como te costaba la materia, te dejaba pasar un examen mal hecho. No, para ella debía ser perfecto o nada. -¡Katerina!- me gritó mi padre desde la cocina-. ¡Se te hará tarde para ir al colegio! En seguida, en cuanto oí los gritos desgarrados de mi padre, volví en sí y me apresuré a buscar mi mochila con todos mis libros para luego desaparecer por la puerta de entrada. Una vez afuera, me puse la gorra de mi campera color negro en la cabeza ya que la había comenzado a lloviznar en el pequeño pueblo. Así es, mi nombre es Katerina Rolf vivo en Fawell desde que nací y a la edad de diecisiete años no hay nada más horrible que ser “el bicho raro” en el colegio; soy como el hazme reír en mi curso. Para algunos, una total veguenza. Sin embargo, no me importa; soy así, si no les gusta como soy de rara o inteligente que no me miren simplemente. No tengo muchos amigos, solamente una mejor amiga, llamada Sam, y un mejor amigo de la infancia, Ian. Ellos son con los únicos que tengo contacto en el colegio, nadie más quiere hablarme a mi o a mis amigos, por eso me mantego con ellos porque somos tan diferentes (según todo el colegio) que somos un grupo muy unido. Y eso es lo mejor, que todos son iguales, excepto nosotros que no “encajamos” y somos diferentes. Aunque, obviamente no es cierto.
En la hora de matemática, la profesora dictó unos cuantos problemas sobre funciones lineales y algunas ecuaciones de primer y segundo grado mientras que ella entregaba los examenes. Me fue bastante bien, saqué un siete coma noventa. Que en realidad, sería un ocho; solamente que mi profesora es tan maligna y extricta con sus notas que prefiere dejarlo en un nueve coma noventa y nueve en vez de decirte: tenés un diez. Estaba esperando el momento en el que sucediera lo que había visto, quería saber si ocurriría o si solo era una simple fantasí mía. Pero para mi sorpresa sucedió. -¡Miren!- comenzó a gritar Mafalda Hutch, la profesora de matemática-. ¡Miren lo que el burro de su compañero se sacó en su examen! Mostraba un papel blanco ante toda la clase, y lo agitaba con locura en el aire. -¡Tiene un dos coma cinco!- chilló mientras esbozaba una risa forsosa y aterradora-. ¡Es un burro! ¡Pobre Juancito, no sabe cómo se halla la “x” en una ecuación! Nadie respondía ante sus flasfemias y tonterías, mi compañero, Juan, estaba atemorizado y totalmente petrificado al lado de la profesora. De haber sido él, me hubiera ido corriendo hasta la oficina de la directora a quejarme. Ella no tenía derecho en burlarse así de un alumno. Era algo totalmente horrible, y fuera de lugar en una institución.
En la hora de lengua, estabamos leyendo poemas de Shakespeare que yo misma había decidido llevar a pedido de la profesora Ruth. Eran los poemas de Romeo y Julieta; me había tocado leer la parte en la que Romeo ve a su amada en el cajón muerta, y por lo tanto decide quitarse la vida él por ella hasta que Julieta se da cuenta de lo que Romeo hizo y se desespera. Todos estaban concentrados escuchando mi voz recitar a Shakespeare, cuando entró la preceptora del curso acompañada de un muchacho alto y de espalda ancha.
-Disculpen- murmuró Alicia, la preceptora mientras que entraba en el salón-, he venido a presentarles su nuevo compañero de clases. Dio unos pasos atrás para dejar ver a nuestro nuevo compañero. -Él es Edmund y será su nuevo compañero, sepan tratarlo con amabilidad. Gracias- y a continuación salió por la puerta. El muchacho tenía una vestimenta muy abandonada y pobre pero muy discreta. Me sorprendió el color de sus ojos, eran de un tono dorado con pequeños reflejos azules; algo que jamás en mi entera vida había visto.
-Muy bien, señor Edmund puede sentarse por acá- le dijo la profesora Downey indicándole el asiento que estaba a mi lado vacío.
El muchacho, sin responder, avanzó unos cuantos pasos hacia adelante y se sentó a mi lado. Ahora que estaba más cerca mío podía oler su dulce aroma. Era una mezcla entre el olor a tierra húmeda con algo de olor a pino; extraño pero muy delicioso. Adoraba el olor que emanaba la tierra cuando llovía, cuando se humedecía totalmente.
Su rostro era muy jovial y tranquilo, aunque su mirada no acompañaba en nada a esa tranquilidad; todo lo contrario, su mirada era maliciosa y muy concentrada. Por otro lado, sus labios carnosos del color de los pétalos de rosa roja, estaban inexpresivos, aunque en un momento pude ver en la comisura de sus labios una pícara sonrisa. Mientras que escribía la consigna que estaba en el pizarrón me di cuenta de que tenía manos ágiles y fuertes; parecían las de un constructor. Su piel era muy blanca, tanto que parecía albino pero no lo era, simplemente era pálido. Además, pude observar que sus cabellos eran rojizos casi llegando a un moreno y sus mechones de pelos estaban muy desordenados. Y lo último que pude notar en él, es que era alto, atlético y con hombros muy anchos; parecía que practicaba rugby o algún deporte similar por su silueta tan perfecta que parecía tallada.
Me avergonzé, y llegué a ruborizarme, cuando en mitad de la clase giró su mirada hacia mi y me pizco mirandolo tontamente. Volvió la mirada hacia el pizarrón y esboso una sonrisa amable y picarona.
Quise presentarme ante él, pero la vergüenza pudo contra mí y no fue solo eso. Sino que, cuando estaba a punto de querer saludarle unas imágenes borrosas cruzaron mi mente. Era sobre lo que estaba ocurriendo allí. Me veía a mí sentada junto a Edmund; yo le saludaba pero él no contestaba y ni siquiera se volteaba para verme. Era vergonzoso, tanto que, cuando tocó el timbre para salir de clases él se levantó y salió huyendo. Y ahí terminaban las imágenes, después no veía nada más.
-Mierda- susurré.
Él se volteó para ver qué sucedía, pero yo no hice más que dedicarle una media sonrisa tímida.
En breve sonó el timbre del colegio, y todos mis compañeros salieron huyendo al patio, incluyendo a Edmund. Obviamente no sucedió aquello que yo había visto por eso, porque ya había visto lo que sucedería y no quería que pasara, no quería avergonzarme. Eso era lo que sucedía una vez que veía el futuro, o veía esas imágenes de lo que me sucedería, una vez que lo veía ya sabía lo que iba a pasar y por lo tanto era capaz de modificarlo. Porque, una vez que lo has visto, todo cambia, por eso, por que ya has visto lo que te pasará.
Capítulo 2 – Algo extraño.
Odiaba cada segundo que pasaba dentro de mi casa, odiaba el hecho de tener que llegar y encontrarme con mi padre. Odiaba tener que enfrentarme con la cruda realidad de que mi madre no estuviera más entre nosotros. Odiaba tener que darme cuenta de lo que enrealidad sucedía, que a mi padre yo no le hacía ninguna gracia; todo lo contrario, parecía odiarme. Cuando llegué a mi casa me sorprendió ver a mi padre en casa. Estaba sentado en su sillón de cuero marrón junto al fogón, donde las llamas de fuego ardían intensamente y chispeaban fuertemente. -Hola- dijo con voz grave No se volteó para verme, siguió allí sentado sin dar importancia a mi presencia.
-Hola- le saludé- ¿Por qué estás en casa?-. Pregunté.
Se quedó callado un momento y luego añadió.
-Necesito que me contestes algo- se quedó esperando a que contestara, pero finalmente dijo-. ¿Tenés un compañero nuevo, no?
¿Cómo era que él lo sabía? ¿Acaso me espiaba a escondidas? ¿O se habia vuelto paranóico desde la muerte de mi madre? Decidí decirle la verdad, por las dudas.
-Sí, pero...
-¡Aléjate de él inmediatamente!- gritó.
-¿Qué? ¿Pero por qué? Eso es lo más absurdo que jamás has dicho- me quejé-. Es solo un muchacho, no tiene nada de malo.
-¡No es solo un muchacho, Katerina! Solo hazme ese favor, no te acerques a él nunca más.
Hice caso omiso a sus súplicas inutiles, corrí hacia las escaleras y tiré mi mochila del colegio contra la pared, dejando que todos mis libros calleran al suelo. Me tiré brutamente sobre la cama y me dejé acoger por ella, mientras que trataba de entender la razón por la cual mi padre, un hombre totalmente independiente de mi, de pronto se preocupaba tanto por su hija. Era extraño, o tal vez a mi padre comenzaba a carcomerlo los nervios de que me sucediese lo mismo que a mi madre. Por lo cual no confiase en alguien desconocido. Pero no, no podía ser. Era demasiado ilógico, ¿cómo era que él sabia que yo tenia un compañero nuevo? O ¿cómo sabía él si era buena o mala persona? Tenía demasiadas preguntas y todas y cada una de ellas más ilogicas que la otra. Y obviamente, todas sin respuestas.
Habia pasado una semana desde que me habia peleado con mi padre, por que no queria que yo me junase con el muchacho recien llegado al colegio. Yo había hecho caso omiso a su súplica y habia tratado de hablar por lo menos dos palabras por día con él. Pero era imposible cada vez que intentaba decirle “Hola” él uía de mi, como si fuese un mounstruo o algo similar. Aunque por una compañera, había logrado averiguar algo: él se habia mudado a Fawell hacia dos meses con su tío. Sus padres habían muerto en un accidente de automóvil, y sus hermanas vivian en América, las cuales nunca veía. Era una historia triste pero conmovedora. A eso no le veía nada extraño o de mala influencia que lo llevase a mi padre a desconfiar de él, o algo similar.
Sin hacer caso a lo que me había dicho mi padre, salí a correr por el bosque un rato en la tarde, no tenía tareas para el día siguiente y tampoco tenía nada bueno que hacer. Mi padre no estaba en mi casa por suerte, y estaba sola. Corrí dos kilómetros hacia adentro, hasta que llegó un momento en que no encontraba el camino de vuelta. Me había perdido en medio del bosque, me había concentrado tanto en la música de mi MP3 y en correr lejos de todo que no me había dado cuenta de cuán lejos había llegado. Conservé la calma y corrí colina abajo para ver si lograba encontrar aunque sea la ruta, para guiarme un poco al menos. Pero no encontré nada. Era decepcionante no saber hacia dónde me dirigía, y lo peor de todo era que había anochecido, y yo estaba sola en medio de un enorme bosque alejada de todo. Me senté sobre un tronco de árbol que había allí tratando de pensar qué hacer, no podía quedarme allí parada. Mi padre seguramente comenzaría un rescate enorme por todo el mundo, hasta encontrarme pero eso tardaría demasiado tiempo y no... De pronto oí el crujido de una rama que se rompía. Al voltearme hacia atrás logré ver algo negro que se movía rápidamente. No tenía idea de lo que era, pero me puse nerviosa, sabia que algo podría sucederme si no salía pronto de allí. Comencé a correr desesperadamente hacia cualquier dirección ya no importaba hacia dónde me dirigía, solamente quería salir de alli, salvar mi vida, y poder volver a ver la luz del sol por la mañana. Mis pensamientos eran algo exajerados, pero no erróneos. De pronto sentí que alguien me tomaba del brazo izquierdo y me tiraba contra el suelo. Cerré los ojos y grité
-¡No! ¡Soltame! ¡Auxilio!
Alguien se recostó encima mío y me tapó la boca con su mano. No me dejaba gritar, solo podía respirar exajeradamente tratando de safarme y salir corriendo. Imaginé que sería un psicópata o un violador maníaco pero no, cuando abrí los ojos nuevamente me di cuenta de que era él. Edmund era la persona que estaba recostada encima mío, tapando mi boca con su mano y haciendome señas de que me callara de una buena vez. Le hice caso y traté de calmarme un poco, confiaba en él como para saber que no me haría nada malo.
Se fue por allá, vayan a buscarla- gritaba una voz ronca.
-Corran, inútiles. El jefe nos mata si se entera- gruñía otra.
Ahora entedía porqué él me pedía que me callara y que no gritara. Esas personas me estaban buscando a mí, y por lo que entendía querían llevarme con su “jefe”, y eso no debía ser nada bueno o si no él no me estaría ayudando. Cuando se dio cuenta de que los hombres se habían marchado se levantó extendiendo su mano para ayudarme a levantarme a mi.
-¿¡Po... porr qué...?- comencé a tartamudear, y cuando me calmé, por fin, concluí-: ¿Qué haces aquí?
-Oh, lo siento si te he asustado- se disculpó.
Su voz era suave y cantora, como la un suave ave que chilla en una mañana primaveral, feliz de ver el sol.
-Mi nombre es Edmund, siento que nos conozcamos en estas circunstancias pero yo...
-Si, ya sé quién eres, vas conmigo al colegio- intervine.
Él asintió con una sonrisa en su rostro.
-Vamos, te llevaré de vuelta a tu casa- dijo mientras me cargaba en sus brazos.
-Has de tener una fuerza extravagante para poder cargarme tan facilmente- bromee.
Él me dedicó una media sonrisa vergonzosa y a continuación comenzó a correr colina abajo. En unos cuanto segundos estuvimos en la ruta nuevamente, me sentí aliviada en cuanto vi el pavimento, ya que reconocía perfectamente dónde nos encontrabamos; estabamos a unas tres calles de mi casa. Y como todo caballero, Edmund me acompañó hasta la puerta de mi casa. Yo, cordialmente, le invité a pasar al living solamente porque sabía que mi padre no estaba en casa.
-Entra- murmuré.
-Bonita casa- comentó cuando entró el living.
Nos sentamos sobre el sofá de cuero negro, enfrente del televisor plasma. Prendí el aparato electrónico y comencé a hacer zapping aunque, directamente, sin ver lo que estaban pasando por el cable.
-Hey, si querés mañana podríamos juntarnos a terminar el trabajo de Historia...- comencé-. Me han dicho que es extenso, y es en pareja. Bueno, o sino podríamos...
Hizo caso omiso a mis palabras, dirijió su mirada hacia mi codo derecho. Estaba sangrando. Suponía que al haberme caído al suelo me había raspado con una rama o algo.
-Disculpa. Ahora te traeré una toalla y desinfectante.
Mi casa, solitariamente, se veía muy rústica, adornada con faroles, llena de arañas todas viejas e iluminadas, sillones de los años cincuenta y una gran chimenea al fondo de la habitación con el fuego ardiendo a más no poder.
-Acá tenés- apareció de repente con una toalla en la mano y una botella de desinfectante.
-Gracias.
Vertí el líquido transparente sobre la toalla y lo pasé sobre el codo. Al principio ardía un poco, pero luego la sangre comenzó a coagularce, hasta que quedó el brazo limpio y sin nada. Dejé la toalla a un costado y me puse una bandita que me dio a continuación.
-Supongo que debes estar cansada, ve a dormir un rato a tu habitación- me sugirió amablemente. Yo dudé un momento acerca de su repentina amabilidad hacia mi.
-¿Te puedo pedir algo?- dije-. Si planeas matarme, no me hagas saberlo.
Él se hechó a reir delicadamente, y me miró fijamente durante un buen rato. Era imposible quitar la mirada de esos expectrales pero facinantes ojos dorados y azulados.
-Jamás te haría daño- me prometió.
Me recosté sobre el sofá, dejando reposar mi cabeza en su estómago. Quería ponerme a pensar en todo lo que me había sucedido y en la suerte que había tenido, pero al cabo de unos minutos me quedé profundamente dormida.
Me desperté a la mañana siguiente en mi habitación, suponía que mi padre me había llevado hasta allí forzosamente cuando me vio en el sofá. Aunque no me imaginaba lo que había ocurrido con Edmund. ¿Qué era lo que él había hecho o dicho en cuanto mi padre llegó a la casa por la noche? Yo me había pasado todo el día durmiendo, y me avergoncé por un momento de eso, pero luego volví a pensar en Edmund, y en qué había sucedido con él. Me dirigí al baño rápidamente a lavarme los dientes y luego darme una buena ducha de agua caliente. El día pasado había estado corriendo entre los arboles y no me había duchado. No me preocupé mucho por mi estética cuando me vestí con unos jeans, una camisa a cuadros de color azul y unos borcegos negros. Me cepillé el pelo para poder deshacer los nudos y bajé a desayunar. -Hola- saludé cuando estuve en la cocina. Robert, mi padre, estaba sentado en la mesa de la cocina leyendo un viejo periódico suyo. -Oh, buenos días- dijo cuando me vio pasar frente a él-. Te he preparado unas tostadas con un té caliente. Espero que te guste.
-Si, muchas gracias papá.
Me comí las dos tostadas con manteca en unos minutos, que parecieron interminables. Esa mañana mi padre no me hablaba del colegio, o de mis materias. No me hablaba sobre nada. Lo conocía bastante como para saber que algo o alguien le había molestado; o para saber que quería hablarme sobre algún tema en particular.
-De acuerdo- comencé-, escupilo. ¿Qué es lo que querés preguntarme o decirme?
Él suspiró repentinamente.
-Sé que ayer estuviste con tu nuevo compañero acá.
Mi rostro se volvió de todos los colores en cuanto lo dijo, hasta llegar al color rojo. Me sorprendió que no empezara a decirme una sarta de malas palabras en su contra.
-Si... pero yo... y él... no hemos...- no me salían las palabras completamente.
-Lo heché- masculló.
-¡¿Pero cómo que lo has hechado?!- chillé.
-Porque sí- refunfuñó-. Porque no lo quiero en mi propia casa.
-¿Acaso te has...?
No le dije nada más, no quería provocar su ira intensa. Sabía como se ponía mi padre con los muchachos, no le preocupaban demaciado ni tampoco le interesaba si estaba con uno o no. Solamente era muy controlador, y con los muchachos que no le agradaban se ponía como una fiera. Era algo insoportable, porque era como que tenía que estar solamente con las personas que el aprobaba, sino no podía ser. Por suerte, le agradaba mucho Ian decía que era la clase de chico con quien yo debería estar. Una persona normal, y humana. No la clase de chicos que solo quieren sexo, o la clase de chicos que se la pasan con su madre o haciendo algún tipo de deporte extremo. Decía que Ian era el hombre ideal, un hombre humano. No entedía por qué remarcaba tanto la parte de que fuese humano, todos lo eramos. Incluso Edmund era un humano. Pero mi padre no lo creía así, por desgracia.Tomé la mochila del colegio que estaba en mi habitación y salí afuera sin saludarlo antes de irme. Fue algo que seguramente lo molestaría, pero no importaba yo estaba enfada por lo que había hecho. No merecía mi perdón.
Cuando salí afuera me di cuenta de que estaba lloviznando. No era de verse un día soleado nunca en Fowell, siempre tan húmedo y encapotado. Mi padre decía que por eso la gente era tan depresiva. Pero para mí, la lluvia y el frío no eran ningun problema en absoluto. Todo lo contrario, me facinaba.
-Buen día señorita- escuché la voz cantora de un muchacho cuando llegué al colegio toda empapada.
Me voltee y vi que era Edmund.
-Oh, hola- le saludé amablemente con una sonrisa pícara.
-¿Cómo estás?- me preguntó-. ¿Mejor?
Yo balancé mi cabeza de un lado al otro.
-Si, he mejorado un poco- admití.
Entramos a clase de Matemática tan pronto como sonó la campana. El día transcurrió muy aburrido y tedioso. Por desgracia, Ian, mi mejor amigo, había faltado al colegio porque estaba enfermo por lo que estuve comentandole todo mi fin de semana a Sam, mi mejor amiga.
_____________________________
por favor, todos sus comentarios a mi flog: http://fotolog.com/classickriisten
Gracias.
me encantaron los dos primeros caps, amigaaa.. voi por los otros que subiste.. besotes
ResponderEliminar