fuck them

sábado, 22 de enero de 2011

Cap. 4 - ¿Qué es lo que ocurre?

Nuevamente comencé a chillar con los ojos cerrados, golpeando fuertemente el pecho de la persona que estaba enfrente mío. No quería ver quién era pensando que era otra vez la mujer que ahora sí, quería matarme. Pero no, la persona que estaba enfrente mío me tomó suavemente de las manos y susurró con una voz que yo instantáneamente conocí:
-Tranquila- era Edmund.
Yo abrí los ojos, sorprendida.
-¿Edmund? Oh, Edmund que bueno que estás aquí- chillé y me tiré en sus brazos.
Él enroscó, sin saber que hacer otra cosa, sus brazos en mi cintura.
-No sé que ha sucedido recién- admití desesperada-. Esa mujer... y sus ojos rojos... y sus colmillos... quería matarme... y luego... y vos... Oh, Edmund.
-Tranquila- repitió-. Vamos, te llevaré a tu casa.
-No, esperá. Tengo que encontrar a Sam- murmuré.
-Está en la entrada, le acabo de ver, vamos- me aseguró Edmund.
-Está bien- accedí.
Era cierto lo que él me decía, en la entrada del cementerio se encontraba Sam esperandonos. Se le notaba en el rostro un sentimiento enorme de preocupación y miedo. Estaba muy aterrada, podía verlo. Parecía que todo su cuerpo temblaba, incluso sus manos y piernas estaban en constante movimiento. Era espantoso, ver su expresión, totalmente aterrada por lo que había sucedido. Aunque, yo estaba mucho más aterrada e incluso asombrada, que ella. Aquella mujer me había atacado a mí, ella había ido en mí busca, y ella me había querido matar a mi. Y solamente, yo había visto esos enormes e inquietantes ojos rojos y además, sus afilados colmillos depredadores.
-Oh, Sam- dije hechandome en sus brazos
Ella se soprendió de verme tan alterada, ella se notaba de lo más tranquila y eso me hacía poner más nerviosa a mi. ¿Qué era lo que le sucedía? A mi casi me había agarrado y feroz ataque al corazón, y ella estaba muy tranquilamente sentada en un banco de marmol en la entrada del cementerio.
-Ella está en shock- murmuró Edmund, como si hubiese podido leer mi mente.
Me acerqué a ella, tomé su rostro entre mis manos y le miré fijamente a los ojos. Tenía la mirada perdida, y parecía no saber dónde estaba.
-Sam, escuchame- susurré-. Soy yo, Katerina, estamos en el cementerio de Fawell, has sufrido un fuerte ataque de shock. Necesitas volver, por favor... vuelve, vuelve...
Y como por arte de magia, ella volvió en sí y comenzó a respirar entrecortada y agitadamente. Parecía haber despertado de un terrible sueño, y se le notaba en la mirada perdida que no tenía idea de donde estaba o qué era lo que había sucedido.
-¡Katerina! ¡Katerina!- comenzó a chillar en cuanto recobró la lucidez-. ¿Qué es lo que ha sucedido? No puedo recordar nada.
-Nada, solamente había un viejo borracho asustandonos- le mentí-. No fue nada, por suerte tropecé con Edmund y me ayudó.
-Oh- exclamó, mientras fijaba su mirada en el pasillo de canto rodado que se extendía detrás de Edmund.
-Deberíamos llevarla a su casa- sugirió Edmund.
-Si, sería lo mejor- accedí.
Mientras caminabamos hacía la casa de Sam, tenía tantas preguntas en mi mente que no fui capaz de articular una. Tenía muchas dudas sobre qué era lo que había sucedido, porqué Sam no podía recordar nada de los últimos minutos, o qué es lo que quería esa extraña mujer de ojos escarlata conmigo. O la pregunta más inquietante de todas, ¿Cómo me había hayado Edmund? Se suponía que él estaba de viaje en la montaña con su amigo. Y por más que hubiese llegado antes del campamamento cómo había hecho para saber dónde nos encontrábamos. ¿Acaso era telepático o psíquico? No lo sabía, y esperaba que asi no fueran las cosas.
En cuanto Sam estuvo dentro de su casa, supe que era el momento perfecto para hablar con Edmund. Decidió, caballerosamente, acompañarme hasta mi casa. No era de noche aún, pero con lo que me había sucedido no se sentía seguro de dejarme sola, y además, nos habíamos separado tanto en los últimos días que, yo sospechaba, no quería separarse de mi.
-Edmund- comencé con un tono delicado y cantor.
-¿Sí?- contestó amablemente.
-¿Qué fue... cómo...- no sabía exactamente por donde empezar, asi que decidí empezar por la pregunta más fácil-: ¿Sabes qué fue lo que sucedió hoy?
No era muy complicado de saberlo. Una extraña mujer, de aspecto jovial y antiguo me había querido atacar; con sus afilados colmillos como si fuera Drácula.
-Sinceramente, no lo sé.
-Bueno... pero a lo que voy, es ¿cómo me hallaste?- inquirí-. Se suponía que estabas en las montañas de viaje.
Él esbosó una leve risita tonta.
-Si, pero regresamos antes- era verdad lo que decía, se le notaba en la voz-. Y cuando escuché a unos muchachos en la plaza decir que las habían visto ir hacia el cementerio, me preocupé.
Que tierno, pensé. Era demaciado protector, sospechar de peligro porque una persona fuese al cementerio con una amiga. Eso era algo paternal, o muy protector. Algo que, yo pensaba, haría una persona con otra a la que realmente le importa o quiere verdaderamente.
-Oh- fue todo lo que logré contestar.
Al cabo de unos minutos, quise volver a preguntarle algo más pero fue él quien habló:
-Sé que debes tener muchas preguntas en tu mente- adivinó-. Pero hay ciertas preguntas que por el momento no puedo contestar, y menos estando tan cerca de tu casa.
No me había dado cuenta, pero nos encontrábamos a una cuadra de mi casa. Había estado tan enfocada en mis preguntas, o en todo lo que había sucedido esa mañana que me había olvidado por completo de que estabamos camino a mi casa.
Estaba por abrir la puerta principal de mi casa, cuando algo me aferró del brazo. Edmund me tomó delicadamente, e hizo voltearme. Acercó su rostro al mío, y dirigió sus labios a mi oído izquierdo. Y con toda la dulzura del mundo me susurró:
-Si querés saber algo más, lee esto- dijo mientras me ponía un sobre o una hoja de papel en mi mano-. Mañana te estaré esperando en el parque a las cuatro de la tarde, y ahí podrás decirme todo lo que quieras... Y podré contestar a tus preguntas.
Y con leve gesto amable, besó mi mejilla y desapareció entre la oscuridad del anochecer.



Luego de haber cenado en completo silencio y haberme duchado, me senté en mi cama con la luz del velador prendido y abrí el sobre blanco que me había dado Edmund. Adentro, habían unas letras con una caligrafía excelente. Comencé a leer desperadamente:
Katerina.
Hace unos minutos, mientras pensaba en vos vino a mi mente unas extrañas imágenes. Estabas vos, con tu hermoasa cabellera rubia y tus enormes y preciosos ojos color del mar verde, sentada sobre el cesped. Me pregunté dónde sería ese lugar, hasta que luego ví a tu mejor amiga sentada cerca de una lápida y me di cuenta de que estaban en el cementerio. Pero... lo que yo realmente quería saber, era por qué estaban allí. Y luego, las imágenes llegaron a mí como una fuerte ráfaga. Ví a esa mujer tan conocida, vi como te enseñaba sus colmillos, y vi tu cara de espanto y horror. Supe que tenía que hacer algo, tenía que salvarte y no dejar que llevase a cabo su plan. Entonces, abandoné mi excursión y me embaruqué en un avión, que es justamente donde estoy ahora. Y sé, que cuando nos veamos nuevamente tendrás millones de preguntas. Y todas ellas se resumen a una sola palabra: peligro. Estás en un grave peligro a mi lado, no es nada seguro que estemos juntos. O que incluso, nos vea juntos tu padre, él sabe bien por qué te dijo todo eso de mí y sabe muy bien que no soy digno de vos. He de decirte, con todo mi enorme dolor que me temo, no podemos continuar juntos. Más si tu quieres arriesgar tu vida por mi... por alguien como yo, no te detendré. Está en tu opinión estar o no a mi lado. Sería un gran honor para mí tenerte a mi lado,pero, como dije anteriormente, es tu decisión.
Te espero en el parque a las cuatro.
Edmund.

Me sentí abrumada por un gran cansancio cuando me desperté a la mañana siguiente. Me sentía como si un enorme tractor me hubiese pasado por encima, y como si hubiera estado durmiendo durante horas y horas. Y por eso, decidií levantarme a comprobar qué hora era y tenía razón. Había estado durmiendo demaciado, eran la una del mediodía. Faltaban tres horas aún para las cuatro, por lo que tenía tiempo de almorzar y además hacer los deberes del colegio. Al día siguiente era Lunes, y teníamos matemáticas asi que tenía que terminar unos cuantos ejercicios.
Me fastidió saber que mi padre me había dejado la comida hecha, quería entretenerme con algo más que solamente las matemáticas. Había estado contando con la idea de tener que cocinarme yo misma, y poder distraerme con eso, pero no. Mi padre me había dejado preparado dos sandwiches de atún con mayonesa y huevo. Prendí la televisión y puse una película. Estaba empezada asi que no entendía mucho. Luego de terminar de comer, lavé los platos y me puse a hacer los deberes de Matemáticas; inconsientemente miré el reloj: las dos y media de la tarde. Todavía quedaba una hora y media, tenía muchos ejercicios asi que eso me mantendría ocupada.
Afuera, reinaba un aterrador silencio. No se oía ni los autos pasar por las calles de tierra, o los niños llegando del colegio. Era bastante incómodo caminar por la calle, esquibando los charcos de agua que se habían formado por la tormenta, y ver que no había nadie. ¿Acaso era un día festivo o algo similar? ¿O estaban todos dentro de sus casas? Y si lo estaban, ¿por qué lo hacían? No sabía la respuesta, pero me puse muy contenta cuando llegué al parque Ligh Roft y vi a Edmund sentado en uno de los bancos de marmol. Hacía frío, por lo que tenía puesto su hermosa campera negra de cuero.
-Hola- dije cuando llegué a su lado.
Él pareció sorpenderse de mi llegada.
-Oh, buenos días- saludó cordialmente.
-He leído la carta, y...
-Espera- me interrumpió-. Vamos, acá no podemos hablar. Seguime.
-¿Pero a dónde...?
-A una casa abandonada que hay a una cuadra.
Por lo que yo me sabía, la única casa abandonada por allí era la de los McLof, que se había incendiado hacía unos dos años y ahora estaba completamente abandonada. Era algo aterradora, ya que no había luces y no había salido el sol siquiera. Pero no entramos, simplemente fuimos al patio trasero de la casa. Donde habían dos amacas y un banco de madera. Nos sentamos en el banco de madera, y yo esperé a que él dijera algo. Pero no lo hizo.
-Oye, Emund...
-Lo siento- murmuró.
-¿Qué?
-Lo siento mucho, Katerina- susurró-. Siento todo lo que pasó, no era su intención...
-¿Su intención?- resité-. ¿De quién? Edmund, ¿qué sucede?
De pronto, fijó su mirada en mi. Estaba aterrado, o algo lo aterraba. Porque se podía ver en su mirada que algo le sucedía. Algo extraño estaba pasando.
-Debes escucharme con mucha atención- comenzó-. No es seguro que tu padre sepa que nosotros nos vemos. ¿Está bien? Él me quiere a mi, no tiene nada que ver contigo y mucho menos con tus amigos. Simplemente me odia a mi... él... él es mi enemigo. Y por lo tanto no soporta que su hija esté con alguien como yo.
Yo me quedé boquiabierta. No podía creer lo que estaba escuchando.
-¿Enemigo?- chillé-. ¿Pero cómo...? ¿Pero cómo él te conoce?
-Nos conocemos hace mucho tiempo, no importa cómo. Solamente debes saber eso, tu padre no puede enterarse nada de nosotros- dijo mientras tomaba mi rostro entre sus manos-. Sería lo peor del mundo. El fin...
Eso me hizo temblar un poco. ¿A qué se refería? Y cómo mi padre podía ser el enemigo de alguien a quién nunca antes había visto. ¿Y por qué sería el fin? No entendía nada.
-No entiendo nada- susurré-. Por favor Ed, no entiendo nada.
-Él es mi enemigo, maldita seas...
Me sorprendió la forma agresiva y ofensiva en la que me contestó. Yo solamente le estaba diciendo que me explicase mejor, porque no entendía nada. Todo aquello era un océano profundo y demaciado confuso como para poder saber lo que estaba pasando.
-Lo siento mucho.
-Esta bien, no importa- dije yo indiferente.
Estaba por decirle que me iría de vuelta a mi casa, cuando me tomó mi rostro entre sus bellas y firmes manos. Estaban heladas, tan frías que llegué estremecerme un poco.
-Peligro- murmuró-. Te dije que era peligroso estar conmigo... ¿lo entiendes?
Yo asentí conforme comenzaron a resbalar unas pequeñas lágrimas saladas de mis ojos.
-¿Estás dispuesta a correr peligro por alguien como yo?
-Si, por supuesto... te quiero... pero por qué...
-Bien, lo único que no debes hacer jamás es mencionarle nada de esto a tu padre.
-Está bien- sollozé.
-Gracias.
Y entonces besó mis labios. Fue un beso apasionado, y lleno de dolor. Era intenso, me sentía segura, me sentía feliz, y me sentía total e irrevocablemente enamorada. Mis lágrimas saladas de dolor, comenzaron a convertirse en lágrimas dulces de amor, ya no había ningún dolor dentro mío, me sentía bien. Estaba enamorada, estaba felíz junto a Edmund. Sentía un sentimiento de satisfacción irreal dentro mío incapaz de controlar. Sus besos apasionados, podían alejar todo el mal que estuviese ocurriendo en ese momento. Sus besos alejaban todas mis preocupaciones, y hasta la última de mis terminaciones nerviosas cobraban vida y se evanecían en el aire. Ya no temía anda, ya no tenía miedo a nadie, a nada e incluso a mi padre. No tenía miedo de lo que pudiera ocurrir, no me importaba nada. Sabía perfectamente que juntos eramos invencibles, sabía que él me amaba como yo a él. Eramos como dos piezas de rompecabezas que encajan perfecamente el uno a la otra. Estabamos bien, estabamos unidos por un fuerte lazo de amor. Poco a poco, comenzó a deshacer todo ese enlace entre nosotros y de apartó rápidamente de mi. Entonces me di cuenta de que respiraba, pero respiraba forzosamente. Dentro mío sentía una enorme adrenalina apoderarse de mi, estaba frenética y no paraba de sollozar. Era algo horrible, e incontrolable. Pero estaba felíz después de todo.
-Lo siento- susurró.
-Te quiero- le dije mirandolo a los ojos.
-Como yo a vos- murmuró.
Y solo enonces supe que me quería, estuve más segura que nunca de que me quería y que no existía fuerza tal para poder separarnos. Ni siquiera aquel inexplicable peligro.




Todavía era de día cuando volví a mi casa. Mi padre estaba en casa, en el living leyendo el diario. Aunque bien yo sabía que en realidad estaba poniendo atención a mi supuesta charla con Sam en el teléfono móvil. Era Edmund, y quería recordarme por decimo cuarta vez que no debía, por nada en el mundo, comentarle nada a mi padre. Era peligroso. Pero lo cierto era que mi vida era algo maravilloso junto a Ed, él lo era todo ahora en mi vida. Y me importaba un comino lo que mi padre dijera sobre aquel expléndido muchacho de ojos color miel.
-Hola papá- le saludé en cuanto terminé de hablar con Sam.
-Buenas tardes- saludó cortantemente.
-Yo conocino hoy- le avisé.
Él asintió conforme seguía leyendo las páginas del diario.
Me dirigí rápidamente a la cocina, y saqué un poco de pollo cortado crudo. Unas papas y dos cebollas. Comencé a cortar las cebollas, mientras mis lágrimas saladas corrían por mi rostro. Tomé una toalla del baño y me lavé bien la cara, no quería tener luego los ojos rojos. Después puse a cocinar el pollo, junto con las papas cortadas y las cebollas en cuadraditos. Tardó unos cuantos minutos en cocinarse. El tiempo necesario para que fuera hasta mi habitación a escribir en mi diario.
Querido Diario:
Estos días han sido los peores y mejores días de mi vida. Lo peor fue aquel encuentro con la extraña mujer de ojos rojos pasión que me enseñó sus colmillos y casi me mata. Ocurrió en el cementerio, cuando estaba con Sam, por suerte luego apareció Edmund y estuvo allí para protegernos a ambas. Pero sino, hubiese sido mi fin. No sé cómo hizo él para saber dónde me encotraba, o cómo hizo para no asustarse de la mujer y simplemente estar tranquilo. Logró calmarme, pero yo sigo pensando en que algo raro hay; no sé si en él o en mi pero algo extraño está pasando.
Desde la muerte de mi madre he tenido más visiones que antes, no creo que tenga nada que ver. Pero Sam dice que nunca se sabe lo que pueda pasar. Dice que puede ser que al darme cuenta de que perdí a alguien importante un sexto sentido se ha despertado aún más en mi. Pero no lo sé, no le creo. Ella me confesó que no importaba lo que pasara, ella iba a estar a mi lado igual que Ian pero igualmente, no veo a Ian hace muchos días espero poder verlo mañana en el colegio.
Y bueno, para finalizar... lo bueno. Estuve con Edmund en la vieja, aterradora y abandona casa de los McLof, si, lo sé, un lugar extraño para llevar a alguien allí. Pero no importaba el lugar, lo único que importa es que me besó. Fue el mejor beso que nadie me halla dado nunca. Sus perfectos labios igual que petalos de rosa chocaron contra los míos y parecieron encajar como un rompecabezas. Fue algo excitante y poderoso que jamás voy a olvidar. Me dijo que corría peligro junto a él, igual que me lo decía en su carta pero no entiendo nada. No entiendo por qué está tan obsesionado con que no le diga nada a mi padre, o por qué está tan empeñado con que es un grave riesgo estar con una persona como él. ¿Qué tiene de malo? Hasta él mismo dice que es maligno. No lo entiendo, no entiendo nada. Me siento como un niño de dos años el cual no entiende por qué todas las noches del año hay millones de luces titilantes en el cielo.
Eso es todo, adiós- Katerina.

Empecé a sentir un fuerte olor a quemado que venía de abajo, y supe que la comida ya estaba lista. Había cocinado lo suficiente como para dos personas, asi que no tenía que esperar mucho tiempo para que se cocinara. Saqué el pollo del horno, y lo serví en dos platos. Estaba muy caliente, por lo que tuve que agarrar un trapo para poder llevar los platos hasta la mesa. Mi padre se sentó en su lugar de siempre, en la punta de la mesa y yo a su izquierda.
-Oye papá...- comencé con la voz temblorosa.
-¿Qué sucede?
-Tú... tu tienes enemigos ¿no es cierto?
Dios, qué estaba haciendo. Me estaba arriesgando un fuerte peligro. Edmund me lo había advertido, pero aun así yo había decidio preguntarle. Quería saber exactamente qué era lo que sucedía.
-Si, claro- contestó tranquilamente-. Todos los tienen.
-Oh- exclamé.
-Aunque mis enemigos son un poco extraños, y no son humanos...
¿Qué no eran humanos? Y entonces, por qué eran sus enemigos. ¿Acaso sus enemigos eran los demonios, o a qué se refería?
-... no son personas comunes y corrientes.
Eso logró asustarme un poco. Conocía a mi padre, pero no sabía en lo que andaba haciendo en esos días.
-¿A qué... a qué te referís?- murmuré.
-Nada, eso no importa- concluyó-. ¿Has hecho tus tareas del colegio?
-Si, las hice en cuanto me levanté. Pero...
Y entonces nuestra conversación terminó. No me habló en toda la cena, y yo tampoco quería decirle mucho por miedo a lo que me pudiera decir.




Capítulo 5 - ¿Es que acaso soy un punto de referencia para los problemas?

Me embargó un sentimiento puro e indefinible de dolor en cuanto me fui a dormir. Me sentía extraña, y algo confundida. Me pesaba la cabeza y sentía como lentamente los párpados de mis ojos comenzaban a cerrarse. Al cabo de unos minutos me quedé profundamente dormida.
Me desperté a la mañana siguiente sin saber dónde estaba, me sentía muy mal. La cabeza seguía doliendome y me pesaba. Era como sentirse enfermo, capaz que estaba enferma pero no lo sabía. Y no me importaba si estaba muriendo de fiebre, iría igualmente al colegio. No quería perderme un día como aquel, tenía que hablar con Edmund aunque sabía que seguramente se pondría furioso conmigo. Tal vez no quisiera volver a hablarme de nuevo, y eso me entristecía, asi que también me sentía confusa en cuanto eso. No sabía qué hacer, si decirle o no.
El corazón comenzó a latirme con mayor fuerza en cuanto fui acercándome al colegio. Sabía muy bien con lo que tendría que enfrentarme, pero tampoco quería hacerlo por simple miedo a perderlo. No quería perderlo ahora que parecíamos tener algo especial. No quería hechar todo a perder por mi culpa. No por mis tonterías.
-Hola- le saludé en cuanto llegué al salón de clases.
Me di cuenta de que mi voz era tímida y algo preocupada. Seguramente ya se había dado cuenta, no estaba de buen humor. Me daba cuenta por la expresión de su rostro.
-Hola- murmuró-. Luego hablaremos.
Y fue todo lo que me dijo en la mañana.
Fue tan horrible, no pude acercarme a él en todo el transcurso de la mañana. Parecía estar de lo más distante. Era asqueroso sentir ese sentimiento de resignación al darme cuenta de que no podría hacer nada para hacerlo cambiar de idea. Lo que había hecho yo, estaba hecho y no ahora no había nada que pudiera hacer. Mi padre era un hombre distante y algo aterrador pero jamás violento. Lo conocía bien, pero no entedía por qué Ed decía que mi padre era malo. O por ejemplo, que era peligroso que él supiera que estabamos juntos, por así decirlo. No entendía nada. Era algo injusto, y muy confuso. Sentía una gran confusión dentro mío. Era como estar totalmente aislada en un campo donde la señal de televisión es muy pobre, y ves pasar autos por la carretera de un lado al otro alterados porque se aproxima la Tercera Guerra Mundial, y uno no sabe que está sucediendo. Un ejemplo tonto, pero así me sentía yo. Aislada, aislada de todo, no entendía nada. Como cuando eras pequeños y los adultos hablaban entre ellos bromeandose y diciendo cosas tuyas y ni siquiera te das cuenta.
Cuanto tocó en último timbre, que indicaba que eran las doce y medica del mediodía y que debíamos irnos, supe que mi fin había llegado. La expresión de decepción y odio en el rostro de Edmund me lo indicó completamente. Estaba en la esquina del colegio, esperando a que yo saliera.
-¿Por qué lo hiciste?- chilló en cuanto estuve a su lado.
-No lo sé- mentí.
-Si, si lo sabes. Y muy bien- dijo en tono amargo.
-Perdoname- susurré.
-No sé... no sé qué es lo peor, que yo te haya dicho específicamente que no le preguntara o dijeras nada o que has ido y has hecho todo lo contrario a lo que te dije.
Mis lágrimas de dolor intenso comenzaron a correr por mis mejillas. Me sentía terriblemente mal, y no sabía qué hacer.
-Lo siento mucho- murmuré entre sollozos-. No sé en qué estaba pensando. Es solo que... todo es tan confuso, no entiendo nada. No te entiendo a vos, no entiendo a mi padre y nisiquiera me entiendo yo... Me siento tan... aislada de todo
Él pareció comprenderme, y al ver mis lágrimas estrechó su fuerte pecho contra el mío.
-Lo siento- murmuró-. Sé que a veces soy muy rudo, pero... así soy.
Se encogió de hombros.
-Debo irme, perdón.
Yo le miré confundida. Normalmente, él me acompañaba hasta mi casa.
-Adiós- susurré.
Había comenzado a caminar lentamente hasta su coche, cuando se volteó.
-Ah, y no me busques más por favor.
Las palabras entraron en mis oídos y parecieron quedarse allí dentro y no salir nunca más. Sentía un dolor punzante dentro mío, me sentía terriblemente adolorida y estaba mal. Sentía que una fuerte espada de hierro duro atravesaba justo en medio de mi corazón y no podía hacer nada. Esas palabras... sus palabras lastimaron mis oídos. Supe ahí no más, que las cosas cambiarían entre nosotros. Nada volvería a ser como antes, él ya no me quería más a su lado. Le había defraudado enormemente, había hecho todo mal y por un tonto capricho mío le había perdido para siempre. Había acabo con algo tan hermoso y perfecto. Todo había terminado. Todi aquello que había anhelado, se destruía de a poco. Nos conocíamos hacía muy poco con Edmund, pero parecía que habíamos vivido juntos durante la eternidad. Era algo inexplicable, algo que jamás se me hubiese ocurrido pensar. Era en amar tanto a una persona que conocía hacía tan poco.
Con toda la melancolía comencé a caminar camino a casa, pero me desvié en mitad del camino para ir a la casa de Ian. Hoy tampoco había ido al colegio y quería saber qué era lo que le estaba sucediendo. Quería saber si estaba enfermo, y si era muy complicado. Pero cuando llegué a su casa no encontré a nadie, toqué varias veces la puerta pero nadie contestaba. Finalmente, me di por vencida y comencé a caminar nuevamente pero hacia mi casa. Estaba oscuro, y el cielo era de un gris más oscuro que antes. Había comenzado a llover finamente, pero con gran intensidad. Las gotas de agua dulce caían sobre mi rostro resbalando y llevandose mis lágrimas saladas junto a ellas. Me sentía mal, solitaria y no quería saber nada de nadie. Quería permanecer sola, no quería estar con nadie ni siquiera me importó saber que detrás mío venían unos hombres caminando. No me asusté, ni siquiera me importaron. Solamente eran unos borrachos que no tenían nada que hacer y andaban por las calles asustando a pequeñas e indefensas mujercitas. Y entonces, volvi en mí y recordé que yo era una pequeña e indefensa mujercita. Y allí comenzó a latir mi corazón con toda la fuerza posible.
A cada risa escandalosa que escuchaba de ellos, un latido más fuerte se escuchaba dentro mío. Dumb, dumb, dumb, dumb, y cada vez más y más fuerte. Sentía los millones de latidos por segundo que emanaba mi corazón. Era algo insoportable de oír. Sus risas, mis latidos, sus risas, mis latidos, sus risas... Parecía volverme loca con cada nuevo sonido. Sus risas, el viento, mis latidos, sus risas, el viento, mis latidos. Sentí una fuerte oleada de amargura y miedo insoportable de contener. Quería regresar rápido a mi casa, deseaba estar dentro, a salvo, donde nadie podía herirme. Ni siquier Edmund. Y entonces, le recordé. Recordé ese día en la casa abandonada de los McLof, recordé sus hermosos ojos colo miel brillando, recordé su dulce melodía al hablarme, recordé sus labios estrechados fuertemente contra los míos, recordé el dolor que sentía. Y el mundo pareció desaparecer al rededor mío. Por un momento logré escaparme de aquel horrible lugar, parecía estar flotando en la nube más alta y allí a mi lado estaba Edmund. Con su hermosa sonrisa, y sus maravillosos ojos miel. Me olvidé de todo, me olvidé de los hombres borrachos, me olvidé de sus risas, me olvidé de mis latidos, olvidé todo. No obstante, al cabo de unos minutos estaba de vuelta en el planeta tierra. Me di cuenta de que los hombres me habían conducido hasta un callejón oscuro. Como el gato al ratón, como el lobo a las ovejas. Me habían acorralado en un lugar donde sabían que no podría escapar.
-Miren que preciosidad- murmuró uno gordo y con una botella de cerveza en mano.
-Y seguramente es virgen- dijo otro riendose asquerosamente.
Una sensación de repugnancia y amargura me inundó. Estaba sola en un terrible lugar, con unas terribles personas. Ese era mi fin, ellos me raptarían y no habría forma de escapar. Me maltrarían, y harían lo que quisieran conmigo; pero no, no los dejaría. Lucharía hasta que el último latido de mi corazón dejara de sonar, hasta el último aliento, lucharía para poder estar a salvo para volver con Edmund. Eso debía hacer, tenía que volver, volver y decirle a Edmund lo equivocada que estaba. Sigue, sigue por él, sigue... pensaba yo.
Me sentí abrumada por un fuerte sentimiento de ira, cuando uno de los hombres intentó amarrarme del brazo, acercó su boca hacia la mía pero le esquivé. Pude sentir un extremado olor a cigarrillo, junto con vino barato y mucha cerveza. Se me revolvió el estómago y quise vomitar en ese mismo momento; asqueroso, eso eran, unas personas asquerosas.
-¡No me toques!- chillé yo.
-Ven aquí preciosa- decía uno con barba larga y sucia-. Ven con papi.
Era repugnante sentir su asqueroso aroma a vino de caja en su boca. Se reían, se reían escandalosamente porque estaba indefensa. Se reían de mi porque pensaban que yo era inútil, que era una mujer y por lo tanto era tonta y no sabía cómo pelear. Pero había algo que mi padre y mi madre siempre me habían dicho desde que tenía once años: su punto débil, debes buscar su punto débil... sus miembros. Eso era lo más importante que siempre me decía mi madre por si en caso de emergencias me sucedía. Y entonces lo hice, tiré mi rodillá hacia atrás y luego le pegué bien fuerte en sus miembros. Justo en la entrepierna, allí, el lugar donde a los hombres les duele más que nada. Y el hombre calló arrodillado ante mi. Los otros hombres, al ver mi furia me tomaron de los brazos y uno me tomó de la pierna, justo más arriba de la rodilla. No podía safarme de sus brazos, y no sabía qué hacer. Pero sí sabía exactamente lo que me iban hacer, sabía lo que querían conmigo. Todos los hombres quieren lo mismo, pensé. Y fue entonces cuando cerré los ojos y me dejé caer al suelo. Ya no me importaba nada, ellos habían ganado pero yo también había luchado pero era inútil yo era demaciado débil y ellos no. Habían conseguido lo que querían.
-¡Suéltale las manos de encima!- gruño ferozmente una voz, y enseguida la reconocí.
Era su voz, era la voz que yo había estado esperando escuchar, era la voz más hermosa del mundo. Esa voz de melodía cantora, y demaciado dulce como para resistirse solamente que ahora esa voz sonaba muy enfurecida. Era la voz de Edmund.
Y entonces todo pasó tan rápido que solamente quedaron lagunas en mi mente. Primero, mi mirada y la de él se encontraron, yo le sonreí agradecida de que estuviera allí. Segundo, él tomó a un hombre del brazo y lo tiró hacia la calle con una fuerza extremadamente inhumana. Con una fuerza que no sé de dónde la habría sacado, pero lo hizo. Y finalmente, tomó a todos los hombres y los tiró hacia la calle como bolsas de basura. Con gran estruendo calleron al suelo, y se quedaron allí, inmóviles ante lo que había sucedido. Él les ató las manos con una soga y a continuación me tomó a mi, que yacía en el suelo de cemento, en sus brazos. Fue algo tan satisfactorio poder volver a verle, pero no lo hice por mucho tiempo ya que mis ojos se cerraron y dejé reposar mi cabeza en sus hombros.


Mi cabeza estaba confundida, yo me sentía confudida. Era algo que no podía evitar, me sentía demaciado mal y mi cabeza estaba ardiendo, ardía en llamas. No entendía cómo era que había llegado hasta mi casa, y cómo había hecho Edmund para dejarme en mi casa sin que mi padre se diera cuenta o sin que él le hubiese abierto la puerta. Abrí los ojos y me di cuenta de que no estaba en casa. El techo blanco con luces de tubos fluorencentes lastimaban mis ojos y no podía abrirlos totalmente. Pero de a poco intenté abrirlos, hasta que los abrí completamente y me di cuenta de que a mi lado, sentado en una silla estaba mi padre.
-Papá- dije con voz ronca.
Él inmediatamente se levantó de la silla y se acercó a mi. Tenía el rostro hinchado, y por sus ojos rojos me daba cuenta de que no había dormido en toda la noche. Se le notaba el rostro el cansancio eterno que tenía.
-Oh, Katerina- susurró-. Cuánto lo siento, hija.
-Está... está todo bien papá- le prometí forzando mi voz.
Él estaba acabado, y pude ver que además se sentía culpable por lo que había sucedido. Muy seguramente se sentía culpable por todo. Jamás le había visto así, ni siquiera cuando murió mi madre. Era extraño, pero ahora estaba derramando unas cuantas lágrimas y cuando mi madre murió no lloró nunca.
-¿Por qué... por qué estoy en el hospital?- susurré mientras tosía.
-Anoche cuando llegaste a casa estabas tan inconciente que no te reconocí- admitió-. Te llevé a tu cama, pero luego a la media hora comenzaste a temblar y la temperatura te había aumentado enormemente. Y decidí traerte al hospital.
-Oh
¿Qué yo había vuelto a mi casa, y estaba inconciente? ¿Acaso Edmund me había dejado allí sola en la puerta de mi casa? ¿Pero cómo? Yo no recordaba absolutamente nada, luego de que él me hubo rescatado de aquellos hombres. No sabía cómo, pero al parecer había llegado a mi casa inconciente y sin poder decir nada.
-Los médicos dijeron que mañana u hoy a la noche, si mejorabas podrías volver a casa- me informó conforme se limpiaba las lágrimas.
-No llores- le pedí-. Estoy perfectamente.
-Lo sé.
Pero no era por eso que estaba triste, me daba cuenta. Algo más le estaba sucediendo a mi padre, algo de lo que yo no me había enterado pero que necesitaba saber. Aunque no importaba mucho, mi padre era un hombre demacido reservado como para que me dijera lo que le pasaba. Además, yo tenía que concentrarme en otras cosas.
Cerré mis ojos nuevamente, y comencé a pensar en diferentes cosas que me habían pasado. En cómo había estado a punto de morir, o en cómo Edmund me había salvado de aquellos hombres. Y la fuerza bruta con la cual los había tirado hacia la calle. Era algo increíble e inexplicable, pero siempre que tenía algún problema o me sucedía algo él siempre estaba allí para ayudarme. Siempre estaba en los momentos cuando más lo necesitaba. Siempre estaba allí para mi, siempre cuidando de mi. Siempre tan protector. Me quedé dormida pensando en él al cabo de unos minutos, pero a los pocos minutos alguien me tomó del brazo y comenzó a samarrearme. Pensé que todo sucedía en el sueño, pero no, cuando me desperté mi a una lujuriosa mujer. Era la mujer del cementerio.
-¿¡Qué mierd...?!
-Shh- susurró-. No grites ni hagas nada, no voy a lastimarte.
Pero yo estaba comenzando a chillar, mi padre ya no se encontraba más en la silla, no había nadie. Y no me importaba lo que ella dijera había tenido suficiente con ella y con lo que me había sucedido la noche anterior. Empezé a agitarme una y otra vez en la camilla, pero ella me tenía amarrada del brazo.
-He venido por Edmund- susurró, y entonces comencé a calmarme-. Él necesita que tu lo sepas, necesitas saberlo todo. No puedes seguir así, no si le amas lo suficiente.
Yo no podía dejar de mirar esos enorme sojos color escarlata que me examinaban.
-Ten esto- dijo entregandome un sobre blanco-. Necesitas verlo, y ver lo que hay dentro. Velo y luego ve inmediatamente a ver a Edmund. No es seguro que tu padre me vea, adiós.
Pero estaba justo por irse cuando mi padre regresó corriendo a la habitación. La mujer y él se quedaron mirando entre los dos, y yo escondí el sobre debajo de la almohada disimuladamente. La mujer desapareció de la habitación tan rápido que ni siquiera me di cuenta cuándo lo hizo. Mi padre se acercó a mi.
-¿Qué te ha hecho ella?- chilló con rudeza.
-Nada- mentí.
-¿Y te ha dicho algo?- gritó furiosamente.
-No, no, ella no... ella llegó justo cuando tu también... no lo sé, ¿la conoces?
-No, pero me han dicho que es... algo extraña y malvada.
Ya lo creo, pensé.

1 comentario:

  1. Espero que en ese sobre este toda a verdad.. esta historia se pone cada vez mejor.. besotes

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