Capitulo 1.
Mi nombre es Samantha, y esta es mi historia.
Vivo en Los Ángeles y a la edad de dieciséis años, extrañamente, no hay nada que me agrade más que leer libros. Si,comencé a leer libros viejos. De mi madre, claro. Uno más aburrido que el otro. No obstante, aunque ella supiera que no me agradaban, seguía comprándome más libros de Harriet la Espía como si fuese una niñita de ocho años. Al cumplir los diez años me compré el primero libro de Shakespeare, uno que siempre me había llamado la atención, Romeo y Julieta. Una excelente y gran historia con excelente y trágico final; es increíble a dónde nos puede llevar el amor. Desde entonces, jamás me he enamorado de nadie, no por temor a que me sucediese lo mismo que a Julieta, sino por simple elección. No soy de las típicas niñas que necesitan de un hombre para vivir, más bien soy bastante feminista y anti machista. Odio que los hombres se crean el ombligo del mundo ¿con qué derecho? ninguno. Por lo tanto, vivo alejada de ellos, parece que fuese un repelente contra chicos en vez de insectos.
No es que los aborrezca sino que... soy diferente. Jamás me he sentido normal, y es porque no soy normal. Siempre me creí de otro planeta totalmente paralelo al nuestro, que no era humana, porque... ¿acaso es nomal que a una adolescente como yo no le guste tener un novio? o que no me guste salir a boliches o bailantas con amigas. Lamentablemente en el mundo en que hoy vivimos eso es ser anormal, ser una persona resrvada como yo. Pero no me afecta demasiado, prefiero vivir en mi mundo, aunque suene egoísta no lo soy. Solamente tengo una ideología bastante anticuada y poco actual, no pienso como igual que mis amigas. Eso a veces juega en contra y es así como todos en el colegio te conocen como la rara. Igual, no le doy importancia.
-¡Sam!, ¡Sam, despierta ya por favor!- gritaba mi madre.
Estaba durmiendo placenteramente hasta que llegó mi madre con sus insoportables gritos de loca, y me despertó. Típico de ella, molestar a la gente, y como yo era la única persona que convivía con ella me molestaba a mi, claro. Mi padre nos abandonó antes de que no naciera. Mi madre dice que tomó sus maletas enormes, y salió de la casa sin despedirse. Me dolió en lo más profundo del alma, pero eso me ayudó a darme cuenta de ciertas cosas, como por ejemplo, de que el amor verdadero no es cierto. El amor va y viene, e incluso hasta la más feliz de las parejas en algún momento de sus vidas pierde el amor. O eso es lo que a mí me parece posible.
Difícilmente me levanté de la cama, con todas las fuerzas posibles, y me retiré al baño a lavarme la cara y los dientes. Cuando salí me vestí, tomé le desayuno, y bajé las escaleras del departamento hasta la parada del colectivo para irme al colegio. No contábamos con el suficiente dinero disponible, pero nos manejábamos bastante bien con mi madre. No era de esas típicas muchachas que necesitan un nuevo teléfono celular para ser felices, y presumir lo a la mitad de sus supuestas amigas. Con un sencillo y barato teléfono me bastaba, no era una necesidad mía igual que la ropa, visto como me da gusto y odio ir de compras, porque me amargo viendo siempre los caros precios de la ropa de marca. Así que, prefiero vestir con ropa sencilla, simple y cómoda.
-¡Sam, acá!- me gritó mi mejor amiga cuando subí al colectivo.
Me senté a su lado, saludándole con un beso en la mejilla y un apretón de mano, como de costumbre.
-Anne, ¿Cómo andas?- le pregunté.
Se encogió de hombros.
-Como siempre, tranquila.
-Me alegro que así sea.
Anne, mi mejor amiga desde la primaria, era como yo. Una chica bastante reservada, que no le interesaba en lo más mínimo salir por las noches a los boliches más famosos de la ciudad, salir a emborracharse, o incluso ser la más popular del salón. No, todo lo contrario, cuanto más ignoradas mejor. Siempre andábamos juntas en todo lo que hacíamos. Jamás le guardábamos secretos a la otra, incluso los secretos más íntimos o personales. Yo sabía profundamente que podía confiar en ella como una hermana, casi parecíamos hermanas, y ella sabía lo mismo de mí. Siempre muy unidas.
Algo extraño en nosotras dos era que jamás nos habíamos enamorado de nadie desde la primaria. Excepto esa vez que nos enamoramos de uno de sus vecinos, casi llegamos a pelearnos por él ya que la quería más a ella que a mí, por fortuna tuvo que mudarse a España y nunca más lo volvimos a ver. Estuvimos distanciadas durante dos días, hasta que nos perdonamos. Desde ese entonces que no me he vuelto a fijar en nadie, nunca hasta el momento en que lo vi entrando por la puerta del colectivo a él.
Era el muchacho más apuesto que jamás he visto. Con sus rizos cobre, sus enormes ojos del color del mar, y sus perfectas y rosadas mejillas. Parecía medir no más de un metro ochenta ¡Genial! Así no me pasaría en altura. Aunque aquella perfecta figura humana, me parecía demasiado conocida. Se sentó un asiento adelante del nuestro, y no pude evitar preguntarle su nombre, ya que su rostro me parecía demasiado conocido. Como si ya lo hubiese visto en algún lado.
-Disculpame- murmuré mientras le tocaba el hombro. Él se volteó lentamente y fijó sus ojos azules en mí-. ¿Cómo... cómo te llamás?
El muchacho con cara de confusión contestó:
-Soy Alex.
Lo sabía, pensé. Era el muchacho del cual yo me había enamorado hacia ya cinco años aproximadamente. Era él, Alex, solamente que muchísimo más guapo y más cambiado. Con una voz gruesa y espalda ancha.
-¿Alex?- pregunté algo aturdida-. Soy Sam, ¿te acordás de mi?
El muchacho de ojos azules me miró al confuso, y frunció el ceño. Seguramente trataba de buscar en su mente a alguna chica llamada Sam o a alguna chica conocida con ese nombre, lo supe por la expresión en su rostro.
-Samantha Jugh, ¿te suena?- murmuré.
-¿Samantha Jugh?- repitió asombrado-. ¡Vaya! Cuanto tiempo ¡eh! ¿desde cuándo no nos vemos? ¿séptimo grado?
Asentí algo avergonzada cuando recordé todo lo que había sucedido ese año.
-Si, desde séptimo grado que no hablamos- admití.
-Así que... ¿donde estudias?- me preguntó.
-En el Instituto Jampshire- le informé-. El año que viene egreso.
-Ah, si. Yo estoy en Hamult, ¿lo conocés?
Negué con la cabeza al mismo tiempo que miraba a Anne. Estaba maravillada, al igual que yo, con aquella hermosa figura humana que me hablaba tan delicadamente.
-No, pero supongo que vas con todos nuestros compañeros de la primaria ¿no?
-No, en realidad queda a unas cuadras de mi casa y por eso mis padres decidieron anotarme ahí- dijo por lo bajo mientras se encogía se hombros-. Y no he visto a nadie de la primaria hace muchos años, hasta ahora.
Me dedicó una amplia sonrisa.
-Si, yo igual.
A continuación sacó su enorme teléfono celular táctil, y comenzó a juguetear con él, haciendo como que mandaba un mensaje a alguien, o que estaba jugando con los juegos tontos del celular. Anne lo observaba a cada segundo, no le quitaba la mirada de encima llegué a pensar que se había vuelto un zombie pero su parpadeo y su movimiento al respirar me hizo saber que aun estaba allí.
-Ten- dijo Alex entendiéndome su teléfono-. Anota tu número de celular, así algún día nos juntamos a hablar. Si querés...
En seguida tomé el teléfono y marqué mi número como pude. Era difícil al principio hasta que luego, disimuladamente, Anne me explicó cómo debía marcar los números en la pequeña pantalla.
-Listo, ya lo anoté- le dije devolviendo le el aparato electrónico.
-Ups, creo que aquí debo bajarme- informó-. En cuanto pueda te llamaré a tu teléfono o sino te mando un mensaje.
-Bueno, gracias.
Se paró y se acercó a mi para saludarme con un dulce beso en la mejilla y luego otro a Anne, por cortesía. Nos dedicó una amplia sonrisa y se bajó del colectivo.
-¡Increíble!- gritó Anne-. No es posible que después de cinco años de no verlo te lo encuentres en el colectivo, en la ciudad, y encima que te de su número para que se junten a hablar y como si fuera todo te miraba como...
Dejé de escucharla en el momento seguido al que empezó a hablar sobre posibles planes de que él podría ser mi futuro novio. Claro que no, yo no quería eso hacia demasiado tiempo que no me enamoraba de nadie y mucho menos de él. Todo lo que había sentido en el pasado es eso, solamente un mal recuerdo que preferiría no revivir. Sufrí bastante cuando me rechazó de forma disimulada a los once o doce años. No volvería a caer en lo mismo, no después de todo. Aun así, las tontas palabras de Anne me descentraban de mi objetivo: no enamorarme de nuevo.
-¡Chist! ¡Callate por favor!- le supliqué-. No pienso volver a enamorarme de semejante tonto como Alex, recordás todo lo que lloré por él. Todo el sufrimiento que tuve durante un mes entero. No quiero volver a caer en lo mismo, Anne.
-Y no lo harás, yo voy a cuidar de vos. Y... como mejor amiga que soy, te digo que vayas con cuidado que esperes bien a conocerlo de vuelta, y recién ahí decidir qué hacer ¿bueno?
Le dediqué una sonrisa.
-Gracias- murmuré mientras nos abrazábamos.
-¡Ah! Pero qué guapo que está, dios mio- inquirió Anne.
-¡Anne!- me quejé.
Ella se rió de mi expresión.
Aunque Anne insistiera hora tras hora, minuto tras minuto de que Alex era el indicado para mi yo sabía muy bien lo que me convenía y lo que no. Y sabía muy bien que en el fondo él seguía siendo el mismo chico egoísta y arrogante de siempre, al menos eso aparentaba.
Unos pocos metros antes de llegar al colegio se subió un joven vestido con ropa muy antigua. Era alto, de un metro setenta u ochenta más o menos, la mirada fija en la mía, con sus enormes mechones de pelo disparejo y una apariencia no tan grata, el joven se sentó justo delante de nosotras dos. Se sentó con la espalda en el vidrio que estaba a su derecha y me quedó observando todo el trayecto hasta llegar al colegio. Me hizo sentir algo incómoda, y por suerte Anne no lo vio sino hubiese empezado otra vez con sus supersticiones de que le gustaba al muchacho o estaba obsesionado conmigo.
Di gracias a Dios cuando el colectivo aparcó en la entrada del colegio y estuve a salvo en la acera. El muchacho también bajó, detrás nuestro y eso me puso algo paranoica y como siempre, sin poder evitar hablar, me volteé y lo vi.
-¿¡Nos estás siguiendo!?- chillé fuerte.
El muchacho pareció no sorprenderse ante mi reacción histérica, solamente se quedó allí observándome atentamente.
-Samantha Jugh, yo no sigo a nadie solamente hago mi trabajo- dijo con una voz bastante grave-. Y mi trabajo es protegerte.
Fruncí el ceño confundida, y luego me di vuelta ignorándolo y seguí caminando. Anne estaba muy lejos de mi, por lo que supuse que no se había percatado de mi ausencia. Comencé a caminar rápidamente como si aquellas palabras se las hubiese llevado el viento, y yo jamás hubiese hablado con aquel idiota y extraño joven. Pero de pronto el joven de pelo cobrizo y extraños ojos grises me tomó de la mano y sentí una fuerte corriente corriendo por mis brazos, y luego a todo mi cuerpo. Era como si una escalofriante corriente eléctrica me cruzara por todo el cuerpo haciéndome estremecer.
-¿Qqué haacess?- tartamudee.
El joven al darse cuenta de que no daba más y que en cualquier momento me mataría se detuvo. Su mirada se posó sobre la mía y luego me dedicó una amplia sonrisa. Me zafé de su mano y le gruñí:
-¡Estás loco!
-Mm, solo un poquito- dijo entre dientes-. Bueno, ahora sí en serio, ¿has sentido la corriente esa?
Yo asentí algo aturdida.
-Bueno, eso es porque... bueno luego te lo explicaré. En realidad tú has sentido esa corriente por lo mismo que la siento yo correr por todo mi cuerpo, eso es porque has sido la elegida y además porque intentabas defenderte de mi- se detuvo a ver mi expresión de miedo y luego continuó-: todo lo que debes hacer es llamarme a este número- dijo entregándome una tarjeta blanca-, y yo acudiré a ti. Pero debes hacerlo dentro de las próximas veinticuatro horas, si tú no me llamas en todo el día de hoy, a la madrugada o antes de esta hora mañana, vendré por ti y empezaremos tu lecciones quieras o no.
Volvió a tomarme la mano, pero esta vez no sentí ninguna corriente solamente una fuerte cosquilla sobre la palma de mi mano. Yo le miré muy sorprendida por lo que me había dicho.
-Muy bien, hasta mañana- finalizó al ver que yo no articulaba ninguna palabra-. ¡Ah! Y... nada, solo que estás entrando a clases cinco minutos tarde.
Me di vuelta y era cierto, detrás mio no había nadie todos habían entrado a clases, y yo seguía allí parada. Solo por curiosidad voltee para ver si aquel joven seguía allí pero no, se había esfumado como por arte de magia.
Corrí a toda velocidad hacia el edificio y llegué a mi salón de clases muy agitada y con la respiración forzada. La profesora no me dijo nada, solamente detuvo su discurso sobre la Anatomía de un extraño animal y esperó hasta que estuve sentada en mi banco al lado de Anne.
-¿Pero qué hacías?- preguntó histérica.
-Nada, me quedé hablando con un amigo eso es todo- mentí.
No presté ni un segundo de atención a la clase, solamente contestaba a alguna de las preguntas que hacía la profesora pero después de eso nada. Me quedé pensando en el extraño muchacho de ropaje viejo y extraño semblante. No era en nada parecido a ningún chico que antes haya conocido, ni siquiera parecido a Alex. Mis pensamientos se detuvieron cuando llegué a la parte de la tarjeta ¿qué es lo que haría? ¿y a qué se refería con las lecciones? Era obvio que el muchacho estaba algo loco, aunque fuese solo un poco pero no podría llevarme jamás a ningún lado contra mi voluntad. Por ese lado me quedaba tranquila. Aunque muchas preguntas circulaban en mi mente, y no conseguía una sola respuesta coherente. De forma instintiva o tal vez no tanto, me miré la mano derecha, en la cual había sentido una fuerte cosquilla cuando el muchacho me la tomó, y pude ver algo que no era muy esperado; en mi mano estaba dibujada una perfecta medialuna con dos estrellas en sus extremos. Era un dibujo muy raro, y parecía estar hecho con un cuchillo, o con algún instrumento punzante, ya que la luna con las estrellas se veían como cicatrizadas. Como una especie de cicatriz en forma de luna con estrellas.
Al llegar a mi casa, luego de un cansador día en el colegio, mi madre estaba tomando un té con galletas y mirando su novela favorita. Igual que todas las tardes.
-Hola, hija- me saludó en cuanto volvió en si-. ¿Como te ha ido en el colegio?
-Bastante cansador- admití.
Me dirigí a mi habitación y me recosté sobre la mullida cama. Estaba muy cansada como para ir a prepararme una merienda o si quiera ver la televisión. La cabeza me dolía extremadamente, tanto que sentí una fuerte jaqueca. Era insoportable, por lo que cerré los ojos y a los pocos segundos estaba profundamente dormida.
Me desperté a la madrugada, exaltada por el sueño abrumador que había tenido. Había soñado que al día siguiente el extraño muchacho me iba a buscar al colegio, me raptaba, me violaba y luego me mataba a golpes. Era macabro de solo pensarlo, por lo que tomé mi teléfono celular y marqué el número. No tenía planeado qué decirle si acaso me contestaba, sin pensarlo lo hice. Al principio no se escuchó nada más que el sonido desesperante del tono, hasta que atendió.
-Sabía que ibas a llamarme tarde o temprano- dijo con voz gruesa-. Me has despertado de un gran sueño ¿sabias?.
-Lo siento- murmuré por lo bajo-. Solo quiero saber, para qué querías que te llame.
Esperó unos cuantos segundos, agrandando el pánico y el suspenso que había en mi.
-Porque significa que te has dado cuenta de lo que eres.
-¿Qué?
-Mañana por la mañana comienzan tus lecciones, te espero en mi laboratorio a las siete de la mañana en la calle Brooklin 769. Adiós.
Y colgó el teléfono.
Recosté mi cabeza nuevamente sobre la almohada, intentando consiliar el sueño nuevamente pero me fue imposible. Tonto muchacho, pensé. Gracias a sus tontas palabras sobre las lecciones no podia volver a dormirme, era tal la intriga que sentía que me quedé despierta durante dos horas esperando a que fuesen las siete de la mañana.
Todavía no caía en la cuenta, no lograba darme cuenta a lo que se refería con esas tontas palabras sobre las lecciones. ¿Acaso era una especie de brujo malvado o simplemente un psicópata? Por mi parte, debía estar muy loca como para ir en pos de aquel extraño joven. No sabía lo que podría hacerme, o a dónde me llevaba. ¿Y si ese tal laboratorio suyo no existía y me estaba llevando a un callejón oscuro sin personas para luego asesinarme? No. Todo lo que podía pensar era que, en cualquier caso de que ocurriese algo malo, debía tener un teléfono y un repelente para los ojos. De esos que te dejan sin ver durante un colapso de tiempo.
Cuando por fin el despertador anunció que eran las siete menos cuarto, me paré de la cama velozmente, me vestí y salí a la parada del colectivo.
Afuera sucumbía una fuerte llovizna que me mojaba apenas el impermeable negro que tenía puesto. No me molestaba en lo más mínimo la lluvia, todo lo contrario, me encantaba. Yo parecía un vampiro. Si, porque amaba estar encerrada en mi casa, leyendo, amaba el frío y la lluvia y no me gustaba ni en lo más mínimo el verano con sus horribles calores. Aunque sin dudas, era obvio que los vampiros no existían, eran solo parte de un mito antiguo.
-Hola, Sam- murmuró Anne cuando llegué a la parada.
-Hola, Anne ¿cómo andas?
-Bien, muy bien. Pero... ¿acaso no pensas ir al colegio hoy?- preguntó al ver que no llevaba mi mochila.
-Hoy no, tengo unos cuantos trámites que hacer- le mentí.
-Bueno, le avisaré a la profesora de Física que...
-¡No!- grité-. No le digas a nadie, por favor. Luego te lo explicaré- mascullé mientras me subía al colectivo que me llevaría hasta la calle Brooklin.
-Adiós- me saludó Anne.
Yo le saludé por la ventana con la mano, y luego me senté en uno de los asientos. Luego de recorrer unos dos kilómetros en colectivo, llegué por fin a la calle Brooklin, donde estaba el supuesto laboratorio del muchacho. Me bajé y comencé a caminar en la dirección correcta, al llegar entré por una puerta de madera antigua. Adentro no había nada más que un ascensor viejo y chillón de hierro. Me subí a él temerosa y con el repelente en la mano. Bajé por el aterrador ascensor y luego de unos segundos me encontré con el muchacho sentado sobre una mesa de madera en medio de aquel amplio salón.
-Hola, Sam- me saludó sonriente.
-Mira, no sé porqué me has hecho venir hasta aquí pero te aclaro que si intentás matarme correré, y gritaré tan fuerte que no...
Se acercó rápidamente hacia mi y con uno de sus rígidos dedos me tapó la boca.
-Hablás demasiado, Samantha Meain.
-Agh. No te atrevas a llamarme por mi apellido- le advertí.
-Muy bien, Sam. ¿Comenzamos?
Se volteó y se puso de pie.
-Bien, como quieras- susurré, encongiéndome de hombros.
Se sentó en forma de indio, puso sus manos a los costados de su cuerpo y luego cerró los ojos. Parecía que iba a ponerse a rezar o algo similar, pero no. De pronto un circulo de fuego rojizo se interpuso entre nosotros.
-Samantha Meain, por favor entra en el círculo- me ordenó.
Fruncí el ceño.
-Si, pero tengo una pregunta...
-¡Shh! No digas nada, solamente entra en el circulo por favor.
-¿En el círculo? ¿Querés que me queme tonto?- grité.
Él suspiró y ladeó la cabeza de un lado al otro, como frustrado.
-No te pasará nada, niña boba. El fuego no te hara daño alguno- me explicó.
Con pasos temerosos entré al circulo de fuego.
-¿Y ahora?
Levantó un dedo en señal para cerrara un poco la boca y a continuación abrió nuevamente los ojos. Posó su mirada en la mía, muy concentrado en su magia, tanto que perdí el control. Su mirada era penetrante, parecía un inoptisador que trataba de hacerme alguna especie de magia budú o algo similar. Era extraño, me sentía extraña. Una rara corriente cruzó por todo mi cuerpo, haciendome estremecer de pies a cabeza, no le hice caso ya que seguía con la mirada perdida en los enormes ojos grises de aquel muchacho.
No me había dado cuenta, pero al parecer esa corriente eléctrica que corría por mi cuerpo la había expulsado toda hacia afuera hasta que de pronto, salió. Era como un manto transparente que se expulsaba fuera de mi cuerpo, como un campo de fuerza. Que finalmente acababa contra el joven de ojos grises.
De pronto el fuego se apagó y el joven se acercó a mi. Se sentó en una silla, y atrajo con un leve movimiento de la cabeza otra que flotaba sobre su cabeza. Me la ofreció y me senté en ella.
-¿Cómo has hecho eso?- quise saber.
-Igual que tú has podido largar la corriente fuera de tu mente.
Asentí algo confusa.
-Sam, mi nombre es Luke James Edmund y soy un vampiro. Tú eres mi aprendiz, te enseñaré todo lo que sé, aprenderás de mi, y serás un vampiro al igual que yo.
Por un momento creí que Luke había perdido la cabeza, o algo andaba mal en él. ¿que él era un vampiro? ¿acaso estaba loco?. La cabeza comenzó a darme vueltas, y sentí un repentino mareo.
-¡¿Un vampiro?!- chillé jadeante-. ¡No me jodas!
-Si, eso soy.- susurró apenado-. Cuando mis hermanos y yo vivíamos en Thomkraine James era el Rey de los vampiros. Gobernaba a todos los vampiros y algunos brujos, brujas, magos y hechiceros que había en la zona. Hasana es una de mis hermanas; ella, Ian y yo somos los hijos biológicos de James.
Hasana, un día tan cansada de su cotidiana vida como princesa del palacio se reveló contra mi padre. Él no quería luchar contra su propia hija, pero al ver que ella no se repelía tuvo que hacerlo. Los dos pelearon y mi padre ganó, la encerró en una cápsula del tiempo, un hechizo sobre detenimiento, en donde ha estado encerrada durante años.
»Los Hasaranos, aliados de ella, luego de años de planeación se unieron todos juntos y se encaminaron hacia una batalla contra mi padre. A pesar de que mi padre era extremadamente fuerte, y sabio no pudo con los Hasaranos y murió en la batalla, ni si quiera mi ayuda fue suficiente. Finalmente Ian quedó como heredero al trono y yo, como mi padre me pidió horas antes de morir, fui en busca de la elegida para acabar con Hasana. Pasé siglos buscándote.
Ahora soy yo el que lleva la cápsula en sus manos, en realidad es un embrujo que la encierra en un abismo. Y todos los fieles a ella, están buscando la cápsula para liberarla, ya que su plan antes de ser encerrada era exterminar de una buena vez a todos aquellos que le sean fiel a James y apoderarse de toda la humanidad.
-Entonces, ellos vienen tras nosotros ¿no?
Él asintió.
-Exacto. Pero solo una persona puede destruir del todo a Hasana, y esa sos vos.
-Esto me suena a película ¿sabes?- mascullé-. Es que todo es tan real, y lo entiendo si, pero no puede ser verdad, este tipo de cosas no les pasan a la gente normal como yo...
-Pero si no sos normal, Sam- dijo entre risas.
-Si, tenés razón- admití.
Comenzamos a reírnos los dos juntos, pero luego unos segundos cesó su risa y se puso de pie. Hecho la silla hacia atrás al igual que la mía, lo que me hizo caer al suelo.
-¡Ay!- me quejé-. Al menos podrías avisarme.
Él comenzó a reírse de forma insoportable, le parecía gracioso mi torpesa y pocos reflejos.
-Es parte de ser un vampiro, el mejor ataque es el factor sorpresa.
Le sonreí de forma hilarante.
-Muy bien, ¿me vas a enseñar cómo mover sillas?
-Primero quiero que sepas algo más sobre la historia nuestra, y sobre la historia tu collar- dijo señalando el collar que me había dado mi padre-.¿Te acordás quién te lo dio?
Yo asentí.
-Mi padre- murmuré-. En realidad me lo dio mi madre, pero dijo que él me lo había dejado a mi.
-Exacto, él te lo dejo antes de tener que irse a una batalla en Thomkraine- me informó-. Él era un brujo, y uno bastante existoso, fue hace unos diecisiete u dieciocho años más o menos. James había muerto unos cincuenta años antes, pero antes de su muerte le confesó que: un día,él formaría una familia, y que su hija sería la única capaz de matar a Hasana. Tu padre debería darte ese collar para que un día, cuando la niña esté lista, yo pudiese encontrarte. Y... aquí estas.
Tardé unos segundos antes de poder contestarle. Ahora comprendía las cosas, mi padre no me había dejado porque no me quisiera sino porque no podía quedarse, debía ir a luchar.
-¡Oh dios! ¡Entonces mi padre era un brujo!- chillé-. Pero...¿cómo es que conoció a James y vivió lo suficiente como para hacer lo que le había dicho sobre la familia?
-Es porque, tanto vampiros como brujos, jamás envejecemos Sam- murmuró-. En los brujos es hereditario, cuando un brujo llega a la edad de dieciocho o veinte años deja de crecer, y recién empieza a envejecer muy lentamente una vez que consigue controlar del todo sus poderes, pero para eso transcurren miles y millones de años. Nosotros los vampiros no envejecemos, somos inmortales. No obstante, podemos morir solo si nos matan.
-Oh, genial- susurré-. Solo por curiosidad... ¿cuántos... cuántos años...
-Tengo setecientos años- admitió.
Mis ojos se abrieron como dos enormes platos.
-¿¡Setecientos años?!- repetí agitada-. ¡Pero qué locura!
Ladeó la cabeza.
-Si, tal vez. Y mira mi aspecto- dijo luciéndose.
-Si, pareces un muchacho de mi edad, o tal vez de unos dieciocho o diecinueve años- admití.
Él asintió con la cabeza.
-Dieciocho años para los humanos- me corrigió.
Yo le miré incrédula.
-Muy bien, Sam. Hay algo que debes saber, en nuestro mundo existen vampiros normales, vampiros brujos, y brujos solo. Yo, por mi parte soy un vampiro brujo, al igual que mi padre, mis hermanos y ahora tú también lo serás- me explicó-. Cada uno de nosotros cuenta con un artefacto mágico para poder hacer nuestros hechizos. El tuyo es el collar,el que te dio tu padre, y el mío es un simple anillo negro- dijo mostrándomelo-. Ahora bien, para hacer un hechizo lo primero que debes hacer es concentrarte y dejar que tu mente flote. No pienses en nada, serénate. Serena tu mente...
Hice caso a sus palabras, y comencé a aflojarme solo un poco. Solo por si acaso se le ocurría incar sus dientes en mi garganta o matarme. Puse la mente en blanco, y me dejé llevar por un hermoso recuerdo de mariposas flotando en el suave aire primaveral.
-... luego de que te hayas serenado, debes pensar en el hechizo, debes ser el hechizo- de pronto silla se elevó en el aire y se estrelló contra la pared de ladrillo.
-¡Guau!- exclamé sorprendida-. ¡Ahora es mi turno!
Nuevamente me relajé, dejé que mi mente navegara en un profundo océano sin fin, tranquilo, pacífico y relajador. Estaba serena, aunque aún no podía lograr la parte del hechizo. Entonces me concentré aún más, cerré los ojos y pensé en el hechizo. No sabía a qué se refería con "ser el hechizo", pero intenté lo más que pude. Me puse a pensar en cómo él había lanzado la silla, repasé todos los pasos que él había hecho y... sentí cómo una parte de mi cuerpo se inundaba en un profundo líquido, sentía que una parte de mi cuerpo se desvanecía, se separaba de mi. Cuando abrí los ojos me di cuenta de que lo había logrado, solamente que mucho mejor.
-¡Excelente Sam!- me felicitó.
Pude ver cómo una de las silas de hierro y un mueble estaban flotando en el aire. Flotaban como si un perfecto ilo transparente estuviera sujetándolos desde arriba. Parecían muebles antigravedad. Nada los arrastraba al suelo, todo lo contrario. Yo los manejaba de un lado al otro, los hacía flotar en el aire y luego bajar. Podía controlarlos, y todo gracias al poder de la magia.
Pero la magia no duró mucho, de pronto comencé a sentir un abrumador dolor de cabeza, la presión comenzaba a bajarme, y los parpádos se me cerraban lentamente. Pronto estuve desmayada en el piso.
-¡Sam!- me gritó una voz grave.
Abrí los ojos a los pocos segundos y vi el rosto perfecto y marfileño de Luke. Estaba sentado justo en frente mío, sosteniéndome la cabeza con una mano y la otra me sujetaba delicadamente la cintura.
-¿Qué me pasó?- pregunté.
-Nada, solo que has hecho un hechizo bastante fuerte para una primera vez, es todo- me aseguró.
-Oh- susurré-. ¿Pero lo he hecho bien, no?
-Excelente- me corrigió nuevamente.
Le sonreí de forma amable. A decir verdad no era tan malo pasar un poco de tiempo con Luke, era bastante amable y después de todo él solo intentaba ayudarme. Además, no veía manera por la cual debía rechazarlo tan pronto.
Lo único que odiaba profundamente de Luke, era su tonta arrogancia. El muchacho se pensaba que yo podría lograr los hechizos de un día para el otro, o peor, de un minuto para el otro. Era obvio que todo era muy nuevo para mi, no podía lograr elevar un edificio sin que primero terminase sobre mi. Sin embargo, él no pensaba como yo. Decía que "es mejor fracasar todo el tiempo y practicar siempre, que fracasar aún sin haber practicado nunca" no tenía sentido lo que decía, la vejez le había afectado mucho, o eso creía yo.
Según lo que me había estado contando debía prepararme lo mayor posible, debía ser mil veces mejor que Hasana, debía matarla, destruirla. Pero yo pensaba que no iba a lograrlo, igual que Luke cuando me vio intentando levantarlo a él en el aire. Pude levantarlo solo unos cuantos centímetros. No era igual que con las sillas, o los muebles, en este caso era un humano, bueno una persona. No era tan complicado, pero me desmayaba muy seguido, y no lograba mantener el hechizo más de tres segundos que acababa tirada en el suelo.
Odiaba que me pusiera tanta presión, pero él decía que era necesaria.
Oh Deooos *-* La ameee, :D :D :D te pondre en los enlaces de mi fotolog, y cuando abra el blog de nuevo te pondré en mi lista :D :D jaja, enserio es genial, me dejaste conla intriga Ò___Ó
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